- Por David Sánchez, desde Doha (Catar), X: @tegustamuchoelc (*).
La edición 2025 del Doha Film Festival (DFF) volvió a encontrar en la sección Made in Qatar su centro emocional y creativo. Año tras año, este programa emblemático del Doha Film Institute demuestra que no es solo un escaparate para nuevos talentos, sino un territorio donde se exploran identidades, heridas personales, memorias familiares y rutas inéditas hacia un cine genuinamente qatarí. Este año, con 10 cortometrajes apoyados por el Qatari Film Fund, las narrativas locales se proyectaron con una fuerza singular.
Entre esa constelación de voces, tres brillaron con especial intensidad: Mahdi Ali Ali Al-Sharshani, Fatma Al Ghanim y Eiman Mirghani. Sus películas laten desde lugares profundamente íntimos, y sus testimonios dibujan un mapa emocional de un país en transformación.
Mahdi Ali Ali Al-Sharshani: Cuando el mar escucha la rabia
Sentado frente a nosotros con la serenidad de quien lleva décadas formando cineastas, Mahdi Ali Ali recuerda que su trabajo en el DFI comenzó “construyendo la infraestructura del brazo educativo”. Es un arquitecto de procesos: mentorías, talleres, guionistas que se pulen, directores que encuentran su voz. “Traemos mentores internacionales y de la región MENA para ayudar a los nuevos cineastas”, explica casi como un credo.
Su cortometraje A Palm Branch hunde las manos en una memoria regional cargada de dolor. Mahdi se apasiona al describir que en la época de la pesca de perlas “las mujeres miraban al mar porque habían perdido a sus familiares allí”, y que para muchas de ellas “el mar se había convertido en un enemigo”. La película reconstruye un ritual ancestral en el que las mujeres “iban al mar con una rama de palma quemada para hablarle al mar y pedirle que no les quitara más familiares”.
Esta recuperación de un gesto femenino antiguo dialoga con un presente que aún está aprendiendo a contar historias desde sus grietas. Mahdi ve en la región un crecimiento imparable: recuerda que “el primer festival de cine en la región del Golfo ocurrió en Catar en el año 2000” y que, a partir de allí, “otros países comenzaron a crear los suyos: Abu Dabi, Dubái, Omán, Emiratos…”. Con una sonrisa premonitoria, señala que con festivales como el Red Sea en Arabia Saudita o el propio Doha Film Festival “cambiará el mapa de la industria cinematográfica en la región”.
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Pero también reconoce desafíos. “El mayor desafío son los actores y cómo dirigirlos”, confiesa sin rodeos. La carencia de escuelas de actuación hace que “el nivel de actuación en los cortos sea un problema”. Su propuesta es clara: más talleres, más formación, más herramientas para los directores que necesitan comunicar desde la emoción.
Para quienes aspiran a fondos del DFI, Mahdi es directo: “Deben trabajar y desarrollar su idea”, pero sobre todo “asistir a los talleres de escritura de guion”, donde —dice— “les tomamos de la mano para mostrarles cómo construir sus películas”.
Y al final, para él, Made in Qatar es un encuentro casi afectivo con su propio público. Lo describe como un espacio que le permite “encontrarme con el público catarí” y donde se puede “probar cosas nuevas en el cine”, un germen que “motiva al público a pensar en convertirse en cineastas”.
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Fatma Al Ghanim: El sueño que se detuvo en la línea de gol
Fatma nos recibe con un perfecto español. Su presencia es cálida, determinada, pero tiene un trasfondo de dolor que se asoma en su voz. Su cortometraje Theatre of Dreams parte de una herida que nunca sanó del todo: la disolución del primer equipo femenino de fútbol de Catar, del cual ella fue capitana.
“Mi película se llama Theatre of Dreams y está basada en mi experiencia como capitana del primer equipo femenino de fútbol de Catar”, explica mientras recuerda cómo todo comenzó: “Éramos solo un equipo de futsal que jugaba en espacios exclusivos para mujeres, y por primera vez jugamos un partido en televisión en directo”. Aquel día histórico no fue recibido con entusiasmo universal: “La reacción de la sociedad fue muy fuerte porque somos una sociedad conservadora”, cuenta.
Aunque muchas mujeres practican deporte, señala que “muy pocas lo hacen en espacios mixtos o en televisión para que los hombres las vean”. Este choque cultural fue tan intenso que confiesa, con una mezcla de tristeza y aceptación, que “los obstáculos fueron tan grandes que tuve que dejar de jugar al fútbol”.
Su película, entonces, es un viaje entre la nostalgia y la crítica emocional. Fatma revive el Mundial de Catar 2022 desde la distancia dolorosa: “Veía todo el marketing para los hombres y recordaba nuestros sueños de 2010… y cómo no llegamos a hacerlos realidad”. Reconoce que “el Mundial tuvo muchos beneficios para la sociedad catarí”, pero también lamenta que “algunas cosas nunca se hicieron realidad”, especialmente en el desarrollo del deporte femenino.
A veces —admite— se pregunta “si yo misma podría haber hecho más”.
Uno de los momentos más fuertes de su testimonio aparece cuando relata cómo la última vez que estuvo frente a una cámara en un campo de fútbol “fui atacada, y no me sentía cómoda repitiendo eso”. Por eso el consejo del maestro Rithy Panh del Filmmaking Lab la desarmó: “Me aconsejó no actuar en mi propia película… y tenía razón”. Fatma no quería aparecer frente a la cámara, pero él le mostró que “es imposible contar bien esta historia sin contar mi historia”.
Entre risas reconoce: “Si hubiera sabido que ese sería el consejo, no habría entrado en el laboratorio”. El rodaje la atravesó: “Casi en cada punto del rodaje lloré; era muy difícil”. Porque “este era uno de los sueños más grandes de mi vida y simplemente se detuvo; te afecta como persona, afecta tu identidad”.
Aun así, la película no es solo duelo, sino también reparación. Fatma desea que “la gente internacional sepa que Catar tuvo un equipo femenino en 2010, que luchamos muy duro y que hicimos algo valiente que merece celebrarse”. Y espera que quienes tengan un sueño roto “encuentren esperanza al verme contar el mío, aunque esté roto”.
En su frase más luminosa, Fatma resume su proceso emocional: “Lo mismo que me hirió —ser vista— es ahora lo que estoy recuperando: sí, mírenme, pero mírenme como yo quiero que me vean”.
Eiman Mirghani: El hogar que ya no existe
La historia de Villa 187 no comienza con una idea, sino con una carta de despido. “Mi padre recibió la notificación de que había sido declarado redundante en su trabajo”, recuerda Eiman Mirghani con una serenidad que apenas oculta el desgarro. De un día para otro, la casa donde nació y vivió durante más de tres décadas dejó de ser suya: “El contrato de mi padre no iba a renovarse y la casa que nos habían dado… teníamos que dejarla inmediatamente”.
Es una historia donde pertenencia y desarraigo conviven peligrosamente. Eiman explica que “aunque nací y crecí en Catar, soy de Sudán, y dependemos de nuestras ocupaciones para poder quedarnos en el país”. Cuando su padre perdió el empleo, la familia entera quedó suspendida en el vacío: “No sabíamos si teníamos que volver a Sudán ni si mi padre iba a poder quedarse en Catar”. El miedo se intensificaba porque “en Sudán hay una guerra y no sabíamos si podríamos volver o qué iba a pasar con nosotros”.
Frente a ese derrumbe emocional, surgió la película. Villa 187 es, en sus palabras, “una carta de amor a ese hogar que estábamos perdiendo”. No solo intenta reconstruir su casa, sino entender lo que la pérdida significa cuando tu identidad está hecha de dos tierras y de ninguna. La directora describe la cinta como “yo intentando encontrar respuestas, mientras miro hacia atrás en los recuerdos que tuvimos en esa casa”, y reconoce que la hizo simplemente porque “estaba con el corazón roto”.
Eiman ya había explorado temas íntimos y tabú en The Bleaching Syndrome. Ella misma cuenta que quería hablar sobre el uso de cremas aclaradoras de piel que es “muy popular y normalizado” en su comunidad, y se pregunta “qué dice de cómo nos percibimos”. Tuvo que filmarse sola: “Como la comunidad aún considera este tema un tabú, lo único que pude hacer fue filmarme a mí misma”. El cine, para ella, se convirtió en terapia: “Lo usé como una forma de sanar”.
Ese viaje interior la llevó a una conclusión poderosa: “Naces exactamente como debes nacer y necesitas aceptarlo”. Y hoy reivindica su identidad: “He aceptado mi identidad como una mujer afro-árabe, y me aseguro de representarlo en mi trabajo”.
La recepción internacional de su film fue reveladora: “Mucha gente se identificó muchísimo, no solo sudaneses”. En cada festival, dice, encontraba la misma emoción: “esa sensación de ‘no soy suficiente’”, lo que la hizo sentir “vista” y “extremadamente feliz”.
Un cine que acompaña, sana y transforma
Los tres directores coinciden en que Made in Qatar no es solo una sección del festival: es una comunidad. Mahdi lo describe como “una plataforma para mostrar experiencias y probar cosas nuevas”. Fatma reconoce que sin el apoyo del Qatar Film Fund —“fue fundamental; rodamos en un estadio grande, con muchos costes de arte y vestuario”— no habría podido filmar. Eiman, por su parte, recalca que no hace crítica a su país, sino que simplemente muestra “las implicaciones de vivir en estas condiciones y cómo nos afectan emocionalmente”.
Tres heridas, tres películas, un país que se mira al espejo
A Palm Branch, Theatre of Dreams y Villa 187 parten de dolores distintos —la memoria ancestral, el sueño deportivo truncado, el desarraigo forzado— pero convergen en una misma imagen: la necesidad de que Catar cuente sus historias desde dentro, sin filtros ni impostaciones.
Como dice Mahdi, “el amor es muy importante para hacer películas”. Esa afirmación podría también haber salido de Fatma o de Eiman. Porque lo que une a estas tres películas no es el tema, ni siquiera el país, sino el acto de filmar para no olvidar, para entender, para sobrevivir.
Estas tres voces confirman que el cine qatarí está entrando en una etapa decisiva: una donde mirar hacia adentro es el primer paso para proyectarse hacia el mundo.
* David Sánchez es un periodista franco español afincado en Toulouse, centrado especialmente en cine iberoamericano, miembro de la crítica internacional Fipresci. Sitio: https://www.tegustamuchoelcine.com.

