Por Guillermo Ramírez, Gerente de GEN

Provengo de una familia que podría considerarse numerosa en su núcleo primario, papá, mamá y 4 hijos varones. Al ser el mayor de todos ellos me acostumbré a crecer rodeado de ellos, jugando, aprendiendo, peleando, haciendo que ellos peleen entre sí, repartiendo culpas y tareas domésticas. Como las personas somos proclives a repetir de grandes lo que aprendimos de chicos y lo que yo aprendí fue que una familia es numerosa y ruidosa, al ir creciendo y pensando en tener una propia me dije que de tener las condiciones económicas me gustaría tener al menos 4 hijos propios.

Hoy tengo 40 años y 3 hijos, mi edad y mi billetera me dicen que con esto alcanza si es que quiero que tengan un buen pasar en la etapa de la vida en la que me toca brindarles un apoyo más directo. Fui padre muy joven, a los 21 años, por lo que mi hijo mayor tiene 19, además tengo un niño de 8 años y una niña de 2 y medio. Son lo más importante de mi vida, pienso mucho en ellos, en sus presentes y últimamente con más frecuencia en sus futuros, en eso de qué van a hacer “cuando sean grandes”.

Iván, el mayor, tiene la situación un poco más resuelta, estudia una carrera universitaria ligada al audiovisual, le gusta escribir y trabaja en publicidad. Su futuro está en la comunicación, en contar historias y está siguiendo su propio camino, una preocupación menos para mí. Agustín se debate entre su amor por Harry Potter y jugar Minecraft, le gusta el fútbol y leer de historia. Catalina es una ávida consumidora de Netflix, cree que todas las pantallas de la casa son táctiles y que todos los animales hacen el ruido de un dinosaurio.

Por las noches me gusta cerrar los ojos y pensar qué será del futuro de Agus y Cata, qué carreras estarán “de moda” para cuando ellos sean grandes, qué industrias habrán florecido en nuestro país y cuáles ya estarán en concreta decadencia. Me gusta soñar que siguen en el país, que no tuvieran que ir a otro país a vivir, que los puedo ver de seguido, felices y haciendo algo que les apasiona, al mismo tiempo que genera un beneficio a la sociedad. Quizás optan por carreras clásicas como Medicina, Derecho o Ingeniería. Quizás a alguno de ellos le fascina la vida ascética y decide perseguir el periodismo como carrera, espero que no.

De mi placentero viaje onírico sobre el futuro de mis hijos me despierta la incertidumbre de los caminos que llevarían a mis hijos a ser todo eso que anhelan ser, sobre la preparación necesaria para ser competitivos en un mundo extremadamente conectado y competitivo. Es muy probable que el puesto de trabajo de Catalina aún no exista, que se cree y desarrollo en los próximos cinco años, pero es muy probable que lo que ella estudie durante su vida no la prepara para él. Ese es mi miedo más grande, que toda la educación que nuestros hijos más pequeños están recibiendo hoy no los está preparando para el Paraguay de mañana.

“Paraguay necesita de una revolución educativa” es algo que venimos leyendo y escuchando desde hace mucho tiempo y cada día que pasa la frase se vuelve más acertada. El desafío es aún mayor porque la mayoría de los niños que hoy asisten a una institución educativa en nuestro país lo hacen en la precariedad, con condiciones que no llegan mínimo. Debemos traer a esos niños desde el ayer hacia el hoy antes de proyectarlos al mañana, el salto debe ser enorme y elevar a todos.

Las revoluciones que funcionan son las que se convierten en causas nacionales, las que son abrazadas por todos los estratos sociales y las que tienen metas claras. La revolución educativa paraguaya debe generar niños con criterio y no con buena memoria, debe contemplar los enormes cambios de las industrias y mercados laborales a partir de las ciencias y tecnologías, debe mirar al futuro porque este queda más cerca de lo que parece. Solamente así ese niño o niña que hoy sueña con ser astronauta puede tener las chances de serlo, es nuestro deber brindarle la oportunidad.