Por Felipe Goroso S.

Twitter: @FelipeGoroso

La película animada “Las aventuras de Peabody y Sherman” trata sobre las vicisitudes entre un perro muy inteligente (Señor Peabody) y su hijo humano (Sherman). Durante toda la película ambos viajan al pasado en la máquina del tiempo inventada por Peabody. Este acompaña a esos muy duros primeros días de escuela primaria a su hijo. Durante esos días, Sherman tiene un incidente con una compañerita. ¿El motivo de burla? El papá es un perro. Y la niña en cuestión presiona tanto a Sherman que él la termina mordiendo, al ser superado por la situación.

Por ese motivo, aparece en escena la señora Grunion, una muy irritante trabajadora social que tendrá como principal objetivo separar al padre de su hijo, por considerarlo una mala influencia para el niño, además de la evidente alusión de no ser una familia “normal” para los ojos políticamente correctos. Con ese disparador, se dan una serie de hechos cuyo hilo conductor es la forma de que padre e hijo se mantengan unidos.

Es la batalla contra el establishment. A pesar de ser una película que ya tiene algunos años, no pretendo spoilearles. Véanla, se las recomiendo. En algún punto, se da una escena que genera el título de esta columna, todos los personajes de la película (con excepción de la muy irritante trabajadora social, obviamente) se solidarizan con el señor Peabody, usando la frase: ¡Yo también soy un perro! Empatizan con el personaje principal. Sienten que Peabody es igual a ellos, que se les parece.

Esta semana hemos visto como quijotes de la lengua castellana, genios del pensamiento estratégico, políticos descendientes directos del linaje de Ricardito Brugada y Eligio Ayala, y periodistas que por el nivel de su crítica uno ya duda qué hacen en esta “tierra sin mal” cuando que bien podrían estar liderando la redacción del New York Times o el Washington Post, se han dato un festín opinando sobre el desempeño que le cupo a un parlamentario del Mercosur en un reportaje televisivo. Se gastó tanto el asunto que ya se escuchan voces bramando por el exterminio de la instancia llamada Parlasur. La solución final.

Y voy a ser muy claro en mi posición: no pienso defender el desempeño de Don Neri en esa entrevista, eso estuvo mal. Muy mal. Alguien no le cuidó la espalda, y lo necesita urgente porque según nos muestran las evidencias no sabe cuidársela solo. Mi punto es que, en vez de plantear cuestiones de fondo, una vez más nos quedamos en la forma. Porque los problemas para expresarse de Don Neri son apenas el contorno. Claro que es obvio que necesita una mano urgente de chapería y pintura que le ayude a cumplir eficientemente para la función que fue elegido y sobre todo, cumplir con su electorado. Acaso ambas partes vengan de la mano, o capaz lo segundo sea prioritario por sobre lo primero.

Digo que nos quedamos en la anécdota porque la pregunta que bien podríamos hacernos es cómo llegó Neri Olmedo a ser electo miembro del Parlasur. Don Neri es oriundo del departamento de San Pedro y la lista que lo tuvo en el número 6 obtuvo cerca de 37 mil votos en esa zona del país. Una de las leyes de la política que más me gusta nos dice que la gente vota por el candidato que se le parece, con el cual consigue empatizar. Sentir igual que ellos, igual que pasó con el señor Peabody cuando todos dicen fuerte y claro: ¡Yo también soy un perro!

Otra pregunta que salta es si es que Don Neri fue el financista de una campaña y como contraprestación le dieron o exigió una banca, considero que hablar de financiamiento de las campañas políticas también es ir al fondo y no quedarnos en la anécdota de que los países miembros del Mercosur nos den “el manito cada uno”.

Conseguir empatía con el electorado y el financiamiento de las campañas políticas son temas que nos hacen poner el foco en dos patas que hacen al todo, que van al fondo. Mientras tanto, puedo decir que yo también soy Neri [el parlasuriano] Olmedo. Y estoy seguro que son miles los paraguayos que cuando ven a Don Neri hablando en la entrevista sienten que se están mirando en un espejo. Porque mal que le pese a la hipócrita constelación de estrellas urbanas, de eso se trata la política, esa mala palabra que empieza con p y termina con a.