• Por Augusto dos Santos

Tras el horrible asesinato de una joven en manos de un operador de radio entró a operar todo lo peor del "sistema" en materia de comunicación. El periodismo parapolicial hizo lo de siempre: jugar al máximo con la morbosidad de los televidentes; el pensamiento machista hegemónico hizo lo suyo, culpar a la víctima y victimizar al culpable. Pero en medio de ese caldo espeso marcado por una lectura deshumanizante y misógina de los acontecimientos, surgen dos hechos que marcan claramente los hemisferios de lo digno y lo bestial.

Mientras el sindicado como autor del hecho confirmó –con sus propias expresiones– que el horrendo crimen se consumó con lo peor de la animalidad machista (posesión, propiedad, convicción sobre que la vida de una mujer depende de la voluntad de un hombre) y al mismo tiempo, mientras el mismo sospechado relata que la razón del crimen era la infidelidad de su pareja y que tal idea criminal ya tenía tiempo de estar elaborada; mientras todo ello lo reconoce la propia mano homicida, saltando el charco de la opinión publica, se podía escuchar, casi a lo lejos, una voz de dignidad.

Era la ex pareja de la mujer asesinada, quien en su cuenta de Facebook escribió lo más digno que se pudo leer en todos estos días desde el horrible instante de la muerte de la joven:

"Nos sacaron gran parte de nuestra vida al llevarte así, mi amor, nunca habrá justicia sobre la tierra para mí y tu hijita. Pague o no pague el culpable, nunca más se reparará el daño hecho".

"A todas las mujeres, cuídense mucho, atiendan los pasos que dan y con quiénes comparten su valioso tiempo, no le deseo a nadie pasar por esto, acuérdense siempre que hay alguien que les espera en casa".

"Que en paz descanses mi reina, nunca me voy a cansar de agradecerte por haberme dado el regalo más precioso que pudiste darme en vida, que es y será siempre nuestra princesita".

"Estés donde estés, mira de vez en cuando hacia acá, que nosotros siempre te vamos a mirar en el cielo".

El mensaje de Iván es un relato preciso de lo que debe primar en la relación de una pareja en estos tiempos en que pensamos que la civilización nos alcanzó por fin: el respeto a la vida, a la privacidad, a la individualidad, al ser humano que convive con nosotros, incluyendo entre tales códigos fundamentales la comprensión serena y clara sobre que una opción de la pareja es cortar una relación cuando le diera las ganas. Cuando se le cante.

No importa que una relación persistiera por amor, por pasión, por cariño, por costumbre, en una pareja nadie es propiedad de nadie, cualquier alusión a lo que dice aquel bolero sobre "mi propiedad privada" es enfermiza y debería ser parte del problema para un consultorio psicológico.

La relación de propiedad de la mujer por parte del varón es un viejo recurso de las religiones que se pierde en la historia de los tiempos; es impensable que una persona del siglo XXI con algún nivel de educación siga atenido a esos mandatos, salvo que le ocurran dos cosas posibles: que sea uno de esos fundamentalistas que aún sobreviven con cierta fuerza o sea un ignorante de cuya existencia exitosa en nuestra sociedad se puede dar sobrada fe.

En estos días volvió a reflotar la expresión "excitación emotiva" para justificar el crimen. Se trata de proponer que una crisis de celos obnubila a alguien y eso le provoca la determinación de matar a su pareja. Esto es tan miserable como el concepto del crimen pasional. Terminemos con el disparate justificador, ya sea desde el aparataje judicial, desde el relato mediático o desde la charla del tercer tiempo en la canchita.

Soltemos ya las amarras con nuestro pasado cavernario como sociedad, aprendamos a no convivir con tipos golpeadores –escenario previo de estas desgracias– y, por sobre todo, abandonemos, carajo, esa tendencia desgraciada de resolver situaciones matando una mujer.