• Por Antonio Carmona
  • Periodista
Es bueno avanzar en el presente y mirar hacia el futuro, aunque hay cosas del pasado que deben perdurar en todas las áreas de la actividad humana; en el caso de la comunicación, el compromiso ético, la responsabilidad profesional y, sobre todo, la responsabilidad jurídica, por si falla el compromiso y prima la irresponsabilidad. Facebook, por poner el ejemplo que nos ocupa, ha abusado descarada y escandalosamente de sus clientes, de sus lectores-comunicadores chateadores “like”adores.
Y lo que tiene que contestar Mr. Zuckerberg es quién se hace responsable del abuso descarado. Quién paga los daños y descalabros producidos por su ligereza para colocar la buena fe de sus seguidores en manos de piratas electorales, contribuyendo así con la piratería a gran escala, de abuso y estafa de sus “asociados”, que han sido ofertados y “vendidos” en el mercado de las fakenews. Un basurero bastante rentable en este caso, que like a like, día a día, ha acumulado a costa de sus usuarios, un gigante mercado millonario, vendiendo privacidad, que adquiere gratis de sus “accionistas” que no saben que son la mercancía de un imperio comercial y no un lugar de encuentro de amigos.
Dos preguntas formuladas en su comparecencia ante el Congreso de los EEUU, bastan para ilustrar el abuso. La primera: si podría informar en qué hotel se alojaba en Washington. Fue el primer momento de duda del hasta entonces inmutable empresario, viéndose obligado a contestar con inevitable sinceridad, con un no rotundo; la segunda, ¿si se mensajeó con personas esta semana, compartiría los nombres de las personas mensajeadas? Esta vez ni siquiera titubeó para contestar “no Senador”.
El resto estaba demás. El interrogado –lástima que no fuera un juicio y que el jurado universal que estaba siguiéndolo, pudiera declararlo culpable– reconoció que no estaba dispuesto a compartir su privacidad, como compartía y comparte alegremente la de los demás; que él no estaba dispuesto a exponerse a la ventilación pública, como Facebook exponía y expone a sus usuarios, convirtiéndolos en víctimas de los clientes que traficaron con sus datos sin previo aviso, 17 millones de personas, en el caso que se investiga, cuya privacidad Facebook puso en manos del mejor postor. Aunque el volumen, de ingenuos navegantes de la red se calcula en unos 2000 millones de usuarios en todo el mundo.
Zuckerberg llegó a la conclusión ante el Congreso de EEUU de que se deben regular las redes, tarea en la que están empeñados en la Unión Europea, con un fin justo y necesario; como periodista le tengo pánico a la palabra regulación, peligrosamente fronteriza con la palabra censura, y hay antecedentes como para justificar el terror; lo que corresponde es hacer responsables a los manipuladores, tanto de las redes como de los clientes a quienes les venden la carne de cañón para sus negocios, ya sean empresas, operadores políticos o ideológicos al servicio del desprestigio de las instituciones o personas contrarias a las causas que ellos patrocinan.
El medio tradicional debe tener por ley un emisor responsable, mientras que hasta hoy la comunicación digital no tiene ninguna responsabilidad, ni con engañar a sus “clientes, sin saber que lo son”, vendiendo un valor personal tan importante e íntimo como para que el mismo Zuckerberg se negara a dar esa información, ¡en su caso! mientras negocia con la intimidad de los demás, con quienes han confiado y confían en su servicio sin saber que están en manos de piratas, como ya calificó hace tiempo Humberto Eco a estas redes de comunicación por las que la gente común navega como si estuviera en la privacidad de su hogar.
¿Quién, si no, pagará los daños que produce o pueda producir el Brexit, por poner un ejemplo?
Zuckerber mantiene en la privacidad el hotel en que se aloja y la gente con la que se comunica, mientras millones de personas exponen sus residencias permanentes o temporales, sus contactos, sus compras y ventas, sus virtudes y vicios, sus costumbres y debilidades en la telaraña tejida por Facebook, que vende la información de sus víctimas al mejor postor, como en cualquier mercado, mientras que el emisor entrega su “producto cotidiano” sin pensar en que hay un mercado en que ha sido convertido en mercaderías de gran valor.
Cuando no se convierten en plataformas para distribuir las fakenews, que son más fake que news, más basura que información, sin ninguna responsabilidad, a los ingenuos que creen que están en una “red social” de comunicación y no en un mercado de distribución de bulos, bolaterapias y otros venenos para generar y alimentar discordias, odios, indignaciones y ferocidades, aunque censuren de vez en cuando algún desnudo, aunque sea una foto arte, para dar apariencia de mojigatos.
Cuando no para generar genocidios, alimentando el odio, como ha denunciado la ONU en el caso de las matanzas en Myanmar, por el ejército birmano, alimentadas con la difusión de mensajes islamófobos.
Hasta ahora han actuado y siguen actuando con absoluta irresponsabilidad e impunidad.
¿Hasta cuándo?