Regresó la volatilidad. Un prolongado período de calma, en el cual el mercado de valores de Estados Unidos se mantuvo estable al alza sin que se presentara una gran liquidación, concluyó de manera abrupta esta semana. El catalizador fue un informe dado a conocer el 2 de febrero que indicaba una aceleración en el crecimiento de los salarios en EEUU. El índice S&P 500 bajó un poco ese día y sufrió una caída considerable al día siguiente. El índice Vix, que refleja la percepción de los inversionistas sobre los cambios en los mercados accionarios, se disparó de un letárgico nivel 14 a principios de mes a un alarmante 37. En otras regiones del mundo, los nervios comenzaron a dominar el ambiente.

Más tarde los mercados recuperaron cierta compostura, pero se esperan más sesiones en las que corra la adrenalina. Esto se debe a que ya comenzó una transición en la cual, debido al crecimiento global sostenido, los inversionistas dejan de considerar al estancamiento su peor temor y comienzan a temer a la inflación.

Este cambio tan esperado se ha complicado debido a la extraordinaria apuesta que hizo la mayor economía del mundo. Gracias a los recortes fiscales de reciente autorización, EEUU sumó un estímulo fiscal significativo que anima una expansión ya madura. Se espera que la deuda pública se duplique a un billón de dólares, es decir el 5% del PIB, el siguiente ejercicio. Para agravar la situación, el equipo que dirige este experimento, tanto en la Casa Blanca como en la Fed, es el menos experimentado que recordamos. Independientemente de que el resultado sea un auge o un gran fracaso, el proceso será turbulento.

Los recientes giros experimentados en el mercado accionario en sí mismos dieron pocos motivos de preocupación. La economía mundial se mantiene en buena forma, estimulada por una aceleración sincronizada en EEUU, Europa y Asia. La violencia con que cambiaron los precios se debió a algunos vehículos novedosos que se aventuraron a apostarle a la baja volatilidad. Sin embargo, aunque pasaron dificultades para reaccionar y recuperarse, causaron pocos daños colaterales a otros mercados, como los bonos corporativos y el mercado de divisas. A pesar del descalabro, los precios de las acciones estadounidenses solo regresaron al nivel que tenían a principios del año.

No obstante, este episodio sí es un presagio de lo que puede ocurrir en el futuro. Después de varios años en que los inversionistas contaron con el apoyo de los bancos centrales, poco a poco se va desmantelando la red de seguridad de una política monetaria muy flexible. La Fed ya ha elevado las tasas de interés en cinco ocasiones desde finales del 2015, y lo hará de nuevo el mes entrante. Los rendimientos de los bonos del Tesoro a diez años han subido de menos del 2,1% en setiembre al 2,8%. Los mercados de valores estiran y aflojan entre mejores ganancias, que justifican precios de acciones más altos, y mayores rendimientos para los bonos, que hacen bajar el valor presente de esas ganancias y hacen difícil justificar las impresionantes valuaciones.

Esta tensión es una parte inevitable del proceso para que la política monetaria regrese a condiciones más normales. Lo que no es inevitable es la escala de la inminente apuesta fiscal estadounidense.

Algunos economistas creen que la reforma fiscal de Trump, que reduce los pagos de las empresas corporativas y los estadounidenses adinerados –también para los trabajadores comunes y corrientes, pero en menor medida–, impulsará el consumo y las inversiones para lograr que el crecimiento aumente alrededor de un 0,3% este año. El congreso también está a punto de aumentar el gasto del gobierno, si procede el plan de presupuesto anunciado esta semana. Los demócratas obtendrán más fondos para cuidado infantil y otras golosinas y los alcistas de ambos partidos, más dinero para el presupuesto de defensa. Trump, por su parte, todavía quiere su muro en la frontera y un plan de infraestructura.

La actitud de indiferencia fiscal en Washington es perturbadora. Si se suma el gasto adicional a los crecientes costos de pensiones y atención médica, se proyecta que EEUU tendrá déficits por encima del cinco por ciento del PIB en el futuro próximo. Sin contar las profundas recesiones de principios de la década de 1980 y del 2008, EEUU derrochará más que en cualquier otra época desde 1945.

La combinación de mercados bursátiles caros, ciclo económico maduro y generosidad fiscal podría poner a prueba a los funcionarios más experimentados en políticas públicas. En cambio, la política fiscal estadounidense está a cargo de personas convencidas de que el déficit no es importante. En cuanto al banco central, su nuevo jefe, Jerome Powell, a diferencia de sus predecesores recientes, no cuenta con educación formal en política monetaria.

¿De qué dependerá el resultado de su apuesta? A mediano plazo, EEUU tendrá que aceptar su déficit fiscal. De otra forma, las tasas de interés terminarán por dispararse, como lo hicieron en los años ochenta.

Sin embargo, en el corto plazo, mucho depende de Powell, quien debe sortear dos peligros opuestos. Por un lado, corre el riesgo de aplicar un sesgo demasiado flexible y alejarse del ajuste gradual y moderado que planea ahora la Reserva como un bálsamo para los nerviosos mercados financieros. De hecho, estaría creando una "opción de venta Powell" que con el tiempo conduciría a burbujas financieras. El otro peligro es que la Fed aplique demasiada fuerza y demasiado rápido, por temor a que la economía se sobrecaliente.

En realidad, contraer con rapidez es el mayor riesgo. En su cargo nuevo, Powell puede sentirse tentado a establecer cambios para evitar la inflación –y declarar su independencia de la Casa Blanca– aplicando tasas más altas más rápido. Sería un error, por tres motivos.

En primer lugar, no es claro que la economía haya alcanzado el empleo total. Quienes elaboran las políticas tienden a considerar que la economía pierde para siempre a quienes abandonaron el mercado laboral, pero muchos de ellos han regresado al trabajo y todavía más podrían hacerlo.

En segundo lugar, el riesgo de un estallido repentino de la inflación es moderado. El crecimiento de los salarios en EEUU solo ha sido gradual. Hay poca evidencia de que exista en Alemania y Japón, donde también el desempleo es bajo. Los convenios salariales que produjeron la espiral explosiva de costos salariales a principios de los años setenta son cosa del pasado.

En tercer lugar, permitir que el mercado laboral se contraiga más tiene muchos beneficios. Los salarios están creciendo más rápido al fondo de la escala. Ese crecimiento no solo ayuda a los obreros que se han visto desproporcionadamente afectados por los cambios tecnológicos y la globalización, sino que también motiva a las empresas para invertir más en bienes de capital, lo que impulsa el crecimiento de la productividad.

Dejemos claro que un estímulo fiscal de la escala que ha emprendido EEUU no es nada aconsejable. Está mal diseñado y su talla es desmedida. Solo producirá mayor volatilidad en los mercados financieros.

Sin embargo, ahora que el experimento ha comenzado, es todavía más importante que la Fed no pierda la cabeza.