Los buenos directores de películas de horror saben cuál es el secreto para "hacerte saltar del asiento". En cuanto el héroe y la heroína se sienten a salvo, el monstruo aparece de la nada y se llevan un gran susto. El susto más reciente que provocó entre los inversionistas el mercado de valores bien podría haber estado bajo la dirección de Alfred Hitchcock. Las drásticas caídas ocurridas los días 2 y 5 de febrero se presentaron tras un largo período en el que parecía que los precios de las acciones solo podían ir hacia arriba.

En realidad, el mercado estadounidense había aumentado tanto y tan rápido que este descenso solo hizo que los precios de las acciones regresaran al nivel que tenían al comenzar el año. A pesar de que la caída de 1.175 puntos que sufrió el Promedio Industrial Dow Jones el 5 de febrero fue la mayor de su historia en términos absolutos, en términos proporcionales no fue muy significativa, pues fue equivalente a tan solo el 4,6%. En contraste, el desplome de 508 puntos que afectó al índice Dow en octubre de 1987 redujo el mercado casi en un 23%.

De cualquier forma, el efecto de esta sorpresa se sintió por todo el mundo. Entre el 29 de enero y las primeras operaciones del 7 de febrero, el Índice de Mercados Emergentes de M.S.C.I. bajó un 7,5%. El índice F.T.S.E. 100 bajó un 8,2% con respecto a la cifra récord más alta registrada en enero. Una recuperación tardía el 6 de febrero, cuando el Dow subió un 2,3%, es decir 567%, devolvió la calma al mercado.

¿Qué provocó esta repentina agitación? Quizá los inversionistas se habían acostumbrado a las buenas noticias durante tanto tiempo que se volvieron un tanto complacientes. En una encuesta reciente, los inversionistas informaron haber asumido su mayor exposición accionaria en dos años y conservado la menor cantidad de efectivo en cinco años. Otra posible señal de complacencia es la renuencia de los inversionistas a pagar seguros contra bajas en el mercado, un fenómeno reflejado en el índice de volatilidad conocido como Vix. Los fondos que apostaron por que la volatilidad se mantuviera baja sufrieron grandes pérdidas.

Este descontrol quizá se deba a que los inversionistas han decidido revaluar los pronósticos económico y financiero. Desde el 2009 los bancos centrales han dado un gran apoyo a los mercados financieros pues han mantenido tasas de interés bajas y un periodo de expansión cuantitativa: compras de bonos con dinero recién creado. Se habló mucho de una era de "estancamiento secular" en la que el crecimiento, la inflación y las tasas de interés se mantendrían bajas de manera permanente.

Sin embargo, ahora la Reserva Federal y el Banco de Inglaterra han decidido aumentar las tasas de interés; por su parte, el Banco Central Europeo está recortando sus compras de bonos. La política de los bancos centrales a futuro parece mucho menos cierta. Naturalmente, un mayor crecimiento económico global podría causar temor por el posible aumento de la inflación. El Banco Mundial advirtió el mes pasado que los mercados financieros podrían ser vulnerables en este respecto.

Los rendimientos de los bonos han ido en aumento desde el otoño. El rendimiento del bono del Tesoro a diez años, que era del 2,05% el 8 de setiembre, alcanzó el 2,84% el 2 de febrero. En esa misma fecha se dieron a conocer las cifras de empleo en Estados Unidos, que revelaron una mayor tasa anual de crecimiento en los salarios, del 2,9%. De acuerdo con esa cifra, la inflación podría aumentar en cualquier momento. Más aún, debido al reciente paquete de recortes fiscales el déficit federal podría superar un billón de dólares en el ejercicio que concluirá en septiembre del 2019, según el Comité para un Presupuesto Federal Responsable, un grupo bipartidista. Para que tantos bonos resulten atractivos, quizá sea necesario ofrecer mayores rendimientos.

Que los rendimientos de los bonos sean más elevados afecta a los mercados de dos formas. En primer lugar, elevan los costos del crédito para las empresas y los consumidores pueden ralentizar el crecimiento económico. En segundo lugar, las valuaciones de las acciones estadounidenses son muy altas. El múltiplo de ganancias que se ajusta de manera cíclica y promedia los rendimientos en un plazo de diez años es de 33,4, en comparación con el promedio histórico de 16,8. Quienes favorecen el alza de las acciones afirman que las valuaciones han sido elevadas porque los rendimientos sobre los bonos del gobierno, la principal clase de activos alternativa, han sido muy bajos; no obstante, al aumentar los rendimientos su razonamiento pierde validez.

La mayoría de los analistas al parecer creen que la reciente baja accionaria es un retroceso temporal. Blackrock, el mayor grupo gestor de activos del mundo, la ha calificado como "una oportunidad para agregar riesgo a las carteras". Los pronósticos para el crecimiento económico todavía son buenos. Los resultados del cuarto trimestre de las empresas incluidas en el índice S&P 500 hasta ahora han revelado que las ganancias aumentaron hasta un trece por ciento y las ventas un 8%, con respecto al ejercicio anterior. Los recortes fiscales impulsarán todavía un poco más las ganancias, así que las empresas quizá devuelvan dinero a sus accionistas comprando sus acciones. Todo esto apoyará el precio de las acciones.

En cuanto a las inquietudes con respecto a la inflación, parecen prematuras. La inflación subyacente en EEUU, que no toma en cuenta los alimentos ni la energía, es de solo un 1,5%. A pesar de que subieron los precios del petróleo, el índice de materias primas de Bloomberg es casi igual que hace un año. Lo mismo ocurre con las expectativas de inflación en EEUU, medidas en el mercado de bonos.

Dos aspectos determinarán si esta postura optimista de los analistas es correcta. Uno de ellos es si los giros recientes en el mercado de valores fueron reactivos, en respuesta al aumento en los rendimientos de los bonos, o bien predictivos, ante la percepción de que se aproxima el peligro.

El otro aspecto está relacionado con las teorías del economista Hyman Minsky, quien sostenía que cuando el crecimiento se mantiene estable durante un periodo prolongado, los inversionistas tienden a asumir más riesgos. Llega un momento en que esos riesgos van de rebote, como ocurrió en el 2007, cuando se hizo evidente que los préstamos hipotecarios de alto riesgo no tenían ningún valor. La caída en los fondos basados en la volatilidad o incluso las criptomonedas podrían ocasionar una crisis en alguna institución financiera, y esta a su vez, podría mermar la confianza de manera más generalizada.

Por el momento, los peligros descritos son posibilidades más que probabilidades. Sin embargo, al igual que la audiencia de una película de horror, puede ser que después del primer susto los inversionistas se queden nerviosos por algún tiempo.