A menudo la tecnología se anuncia como transformadora. Para William Kochevar, el término se justifica.

Kochevar quedó paralizado de los hombros para abajo después de un accidente en bicicleta, pero se las ha arreglado para alimentarse con su propia mano. Esta notable característica se debe, en parte, a los electrodos implantados en su brazo derecho que estimulan sus músculos, pero la verdadera magia está más arriba.

Kochevar puede controlar su brazo usando el poder de la mente. Su intención de movimiento se refleja en una actividad neuronal en la corteza motora. Estas señales son detectadas por implantes en su cerebro, y procesadas como comandos para activar los electrodos en sus brazos.

La capacidad de decodificar el pensamiento de esta manera puede sonar a ciencia ficción. No obstante, las interfaces cerebro-computadora (BCI, por su sigla en inglés), como el sistema Braingate que usa Kochevar, proporcionan evidencia de que el binomio mente-control puede funcionar. Los investigadores son capaces de decir cuáles palabras e imágenes ha escuchado y visto la gente a partir solo de su actividad neuronal. La información también puede codificarse y usarse para estimular al cerebro. Más de 300.000 personas tienen un implante coclear, que les ayuda a escuchar convirtiendo el sonido en señales eléctricas que se envían al cerebro. Los científicos han "inyectado" datos a los cerebros de monos y los hacen llevar a cabo ciertas acciones a través de pulsaciones eléctricas.

La velocidad de la investigación sobre las BCI y la escala de sus ambiciones van en aumento. Tanto las fuerzas armadas estadounidenses como Silicon Valley están comenzando a enfocarse en el cerebro. Facebook sueña con una relación inmediata del pensamiento al texto escrito, sin tener que teclear. Kernel, una nueva empresa, tiene 100 millones de dólares para gastar en neurotecnología. Elon Musk ha fundado una compañía llamada Neuralink y piensa que, si la humanidad ha de sobrevivir al advenimiento de la inteligencia artificial, necesita una actualización.

Los empresarios imaginan un mundo en que los humanos puedan comunicarse telepáticamente, entre ellos y con las máquinas, o que adquieran habilidades sobrehumanas, como escuchar en frecuencias muy altas.

La materialización de estos poderes, si alguna vez ocurre, está a décadas de distancia. Sin embargo, mucho antes de ello las BCI podrían abrir la puerta a aplicaciones nuevas y sorprendentes. Imaginen estimular la corteza visual para ayudar a los ciegos, forjar nuevas conexiones neuronales en las víctimas de accidente cerebrovascular o monitorear signos de depresión en el cerebro. Convirtiendo el percutor de las neuronas en un recurso que aprovechar, las BCI podrían cambiar la noción de lo que significa ser humano.

Los escépticos se mofan. Llevar la BCI médica fuera del laboratorio y hacia la práctica clínica ha demostrado ser difícil. El sistema Braingate que usa Kochevar se desarrolló hace más de diez años, pero solo un puñado de personas lo han probado.

Convertir implantes en productos de consumo es aún más difícil de imaginar. El camino hacia la popularidad está bloqueado por tres barreras enormes: las tecnológicas, las científicas y las comerciales.

Empecemos con la tecnología. Las técnicas no invasivas, como el electroencefalograma, batallan para recoger señales del cerebro con alta resolución a través de las capas interferentes de piel, hueso y membranas. Se han hecho algunos progresos, como en gorros para electroencefalograma que pueden usarse para jugar juegos de realidad virtual o controlar robots industriales usando solo el pensamiento, por ejemplo.

Por el momento, sin embargo, las aplicaciones más ambiciosas requieren implantes que puedan interactuar directamente con las neuronas, y los dispositivos existentes tienen muchas desventajas. Tienen cables que deben pasar a través del cráneo, provocan reacciones inmunitarias y solo pueden comunicarse con unos cuantos cientos de las 85.000 millones de neuronas en el cerebro humano.

Pero eso podría cambiar pronto. Ayudados por los avances en la miniaturización y el creciente poder de las computadoras, hay esfuerzos en curso para fabricar implantes seguros y libres de cables que puedan comunicarse con cientos de miles de neuronas. Algunos de estos interpretan las señales eléctricas del cerebro, mientras que otros experimentan con la luz, el magnetismo y el ultrasonido.

Quitemos la barrera tecnológica, y otra se avecina. El cerebro es aún una tierra inhóspita. Los científicos saben muy poco sobre cómo funciona exactamente, en especial en lo relativo a funciones complejas, como la formación de la memoria. La investigación está más avanzada en animales, pero hacer experimentos con humanos es difícil.

Incluso ahora, sin embargo, algunas partes del cerebro, como la corteza motora, se comprenden mejor. No siempre se necesita un conocimiento total. El aprendizaje de las máquinas puede reconocer patrones de actividad neuronal, y el cerebro mismo se encarga de controlar las BCI con extraordinaria facilidad. La neurotecnología revelará más sobre los secretos del cerebro.

El tercer obstáculo tiene que ver con las barreras prácticas para la comercialización. La aprobación de los dispositivos médicos requiere tiempo, dinero y experiencia. Además, las aplicaciones para el consumidor solo despegarán si llevan a cabo una función que la gente considere útil. Algunas de las aplicaciones de las interfaces cerebro-computadora son innecesarias: un buen asistente de voz es una forma más simple de teclear que un implante cerebral, por ejemplo. La idea de que los consumidores pidieran a gritos que les abrieran el cerebro también parece muy inverosímil.

Los implantes cerebrales ya son un tratamiento establecido para algunos padecimientos. Cerca de 150.000 personas reciben estimulación cerebral profunda vía electrodos para ayudarles a controlar la enfermedad de Parkinson. La cirugía electiva puede convertirse en un procedimiento de rutina, como muestran las oculares con láser.

Todo esto sugiere que el camino hacia el futuro imaginado por los pioneros de la neurotecnología es arduo, pero lograble. Cuando el ingenio humano se aplica a un problema, sin importar cuán difícil, no es inteligente apostar en contra.

Dentro de unos cuantos años, las tecnologías mejoradas pueden abrir nuevos canales de comunicación con el cerebro. Muchas de las primeras aplicaciones ofrecen una promesa inequívoca: restauración de movimiento y sentidos. Sin embargo, conforme las aplicaciones se muevan más hacia la expansión de capacidades, ya sea con propósitos militares o consumistas, surgirá una multitud de inquietudes.

La privacidad es una preocupación evidente: el refugio de la voz interior podría desaparecer. La seguridad es otra: si se puede acceder a un cerebro a través del internet, también puede hackearse. La inequidad es una tercera: el acceso a capacidades cognitivas sobrehumanas podría estar fuera del alcance de todos, excepto de una élite autoperpetuadora.

Los expertos en ética ya están comenzando a forcejear con las cuestiones de identidad y agencia que surgen cuando hay una máquina en la esfera neuronal.

Estas cuestiones no son urgentes, pero la historia completa es que tampoco están en el reino de la fantasía pura. La tecnología cambia la forma en que vive la gente. La próxima frontera está dentro del cráneo.