En el 2016, en todo el mundo se consumían a diario 96 millones de barriles de petróleo, que en algún momento fueron algas o plancton… y uno que otro dinosaurio. Después de morir y quedar bajo tierra, estas antiguas formas de vida se transformaron en un conjunto de moléculas constituidas por cadenas y anillos de carbono enlazados con hidrógeno, por lo que se conocen con el insulso nombre de hidrocarburos. Lo que sí es molesto es que también contienen algo de azufre.

Los hidrocarburos, que en algunas ocasiones se filtran hacia la superficie de manera espontánea, han tenido varios usos a lo largo de los milenios. Se les puede prender fuego para espantar a la caballería enemiga, o pueden utilizarse para cubrir las costuras entre los tablones del casco de un buque. Hoy en día, impulsan la economía global y sirven para fabricar casi cualquier cosa.

Cuando se queman hidrocarburos con oxígeno, se libera muchísima energía. Esta reacción produce agua, lo cual no es muy importante, además del dióxido de carbono (CO2), que sí es importante. El petróleo es responsable del 35 por ciento de las emisiones industriales de CO2.

Según el dispositivo que se quiera accionar, se utilizan diferentes hidrocarburos como combustible. Cuando la cadena de carbono es corta, el combustible se vaporiza, y también se quema, con mayor facilidad. Una molécula pequeña como la del butano, que solo tiene cuatro átomos de carbono, es buena para los encendedores; en contraste, el motor de un barco puede utilizar un combustible con una cadena cuatro veces más larga.

Cada barril de petróleo crudo contiene una mezcla de estas moléculas. Las refinerías separan las moléculas por destilación, aprovechando que se vaporizan a diferentes temperaturas. Sin embargo, incluso el crudo "ligero", el tipo rico de cadena corta que prefiere la industria petrolera, contiene más cadenas largas de lo necesario. Así que los refinadores aplican sus conocimientos de química en el procedimiento de "craqueo catalítico fluidizado" y la fuerza bruta del calor en la "coquización" para romper algunas moléculas largas y formar otras más cortas.

La destilación y el craqueo también producen muchas moléculas pequeñas que solo contienen dos o tres átomos de carbono. Estas moléculas son la base de la industria petroquímica, pues se les utiliza por sus propiedades intrínsecas y, además, para fabricar todo tipo de plásticos, fibras y productos farmacéuticos. El mercado global de estas moléculas es de unos 680.000 millones de dólares, más de un tercio de la talla del mercado petrolero en su conjunto, que asciende a 1,6 billones de dólares.

Estos procesos requieren muchísima energía: la mayoría de las refinerías consumen entre el cinco y el diez por ciento de la energía producida por el crudo que procesan. Es posible que esto cambie en unos cuantos años. En el campo de la "biología sintética" se comienzan a fabricar genéticamente microbios que pueden sintetizar los constituyentes básicos de los petroquímicos y, de hecho, las sustancias químicas.

En síntesis, en el futuro las refinerías podrían ser víctimas de los descendientes de esos organismos que les dieron origen y dejaron de existir hace mucho tiempo: las algas.