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El presidente Donald Trump afirma que le gusta el comercio libre, justo e inteligente. Es precisamente por esa razón, dijo esta semana, que no le gustan las reglas bajo las cuales comercia Estados Unidos: "No estoy seguro de que tengamos algún buen acuerdo comercial", dijo a The Economist.

La exención actual permite que las importaciones aniquilen el empleo estadounidense y las barreras injustas en el extranjero impiden las exportaciones estadounidenses, afirma. Es hora de nivelar las cosas, hora de avanzar hacia la reciprocidad.

Trump difícilmente es el primer presidente en quejarse de los acuerdos comerciales. Barack Obama criticó al Tratado de Libre Comercio de América del Norte durante su campaña para la presidencia, luego en el cargo negoció una mejora, el condenado Tratado de Asociación Transpacífico. Se puede decir que los planes de Trump para una enorme renegociación del TLCAN son más bien una intensificación que un cambio de rumbo absoluto. La profundidad de sus sospechas de la Organización Mundial de Comercio, sin embargo, parecen un cambio fundamental.

La OMC es un pacto con otros 163 países, que establece compromisos arancelarios y ofrece un foro para solucionar disputas comerciales. Hay tres razones discernibles para que no le guste al gobierno de Trump.

La primera es que 77 por ciento del déficit comercial de Estados Unidos se origina en el comercio con países que comercian con Estados Unidos según las reglas de la OMC.

La segunda es que los compromisos arancelarios de Estados Unidos bajo la OMC son ciertamente más bajos que los de otros países. En el 2015, Estados Unidos aplicó un arancel promedio de 3,5% en comparación con el 4,0% ciento para Japón, el 5,1% para la Unión Europea y el 9,9% para China. El promedio más alto, del 34%, pertenece a Bahamas. Ese tipo de cosas es difícil de que encajen con la visión de reciprocidad de Trump.

La tercera es una sospecha de que las reglas de la OMC evitan que Estados Unidos alcance "buenos" acuerdos con otros países.

El déficit comercial de Estados Unidos es un mal indicador del éxito de la OMC. En junio del 2016, la Comisión sobre Comercio Internacional de Estados Unidos, una agencia estadounidense independiente, evaluó la investigación actual y pasada sobre los beneficios de pertenecer al organismo, y la evidencia sugirió que impulsa los flujos comerciales entre un 50% y un 100%. Eso significa mercados más grandes para las exportaciones estadounidenses y productos más baratos para los compradores, así como una competencia sana para todos.

El tema del acceso no recíproco es más complejo. La OMC trabaja según el principio de la "nación más favorecida" introducido en la política comercial estadounidense por el presidente Franklin D. Roosevelt en 1934. La idea es que, si un país reduce un arancel impuesto a los productos de otro país, debe hacer lo mismo con todos los otros socios en el acuerdo comercial.

Se suponía que el principio facilitaría la negociación de acuerdos: cuando firmaran un acuerdo, los socios comerciales podían sentirse seguros de que no estaban a punto de ser debilitados por un arancel ligeramente más bajo en otra parte. También se supone que evitaría el resurgimiento de algo como la política exclusivista de "preferencia imperial" de Gran Bretaña, la cual había sido usada para formar bloques comerciales de manera que se excluyera a Estados Unidos.

Cuando Roosevelt estaba elaborando esta política, los aranceles eran lastimosamente altos. En la segunda mitad del siglo XX, los aranceles fueron reducidos con la intención de alejar a otros países de la influencia del comunismo. El principio de la nación más favorecida significó que, conforme la OMC se ampliaba, algunos nuevos miembros pudieran beneficiarse de la liberalización comercial sin hacer muchos recortes de aranceles ellos mismos; lo que los economistas comerciales llaman la ventaja del rezagado. Cuando China ingresó formalmente en la OMC en el 2001, pudo beneficiarse de los aranceles entre la Unión Europea y Estados Unidos que habían sido regateados durante décadas.

El principio de la nación más favorecida de la OMC significa que Estados Unidos no puede elevar sus aranceles a países que le impongan aranceles más altos, como el secretario de Comercio, Wilbur Ross, ha sugerido que lógicamente debería. En realidad deja a Estados Unidos con menos concesiones que ofrecer cuando negocia nuevos acuerdos.

Hay verdaderas desventajas en el sistema comercial multilateral actual. El sistema de la OMC de solución de disputas es lento, y lograr la promulgación de nuevas rondas de recortes de aranceles parece prácticamente imposible. Sin embargo, estas desventajas son muy diferentes a las restricciones que impone al tipo de fuerte reciprocidad que contempla el equipo de Trump. Esas restricciones no son fallas; son parte del propósito del pacto.

En el mejor de los casos, la amenaza de un impuesto o arancel recíproco podría formar a otro país o países a reducir sus aranceles.

Quizá Trump pudiera exprimir el arancel a los autos importados en China, actualmente del 25%, por debajo del nivel sobre las importaciones de autos en Estados Unidos, actualmente del 2,5%, amenazando de manera creíble con abandonar la OMC. El gobierno pudiera trabajar para tomar medidas contra quejas comunes sobre, por ejemplo, el hábito de China de enviar su capacidad excesiva a los mercados mundiales a precios menores a los costos de producción. El equipo de Trump actualmente está reflexionando sobre si las importaciones de acero y aluminio son una amenaza a la seguridad nacional, por ejemplo.

Sin embargo, hay un límite a la tensión que la OMC puede soportar. El sistema está diseñado para aguantar las disputas: si un país viola las reglas, otros pueden tomar represalias, pero solo lo suficiente para compensar el daño. No está diseñado para hacer frente al hecho de que la desestimación de las normas en las cuales está basado, incluyendo el principio de la nación más favorecida, se extiendan de una economía muy grande al mundo en general.

Si otros países interpretan la política comercial de Trump como un abandono de la OMC, se desataría el infierno. Al desechar esas normas, el mundo pudiera caer en el tipo de guerra comercial de ojo por ojo que Roosevelt estaba tratando de componer. Si las relaciones exteriores de Trump degeneran en un amargado proteccionismo, perderán los compradores y trabajadores estadounidenses. Lo que restringe a Estados Unidos ahora restringe a otros países también.