De The Economist

Se suponía que, para fines del 2016, los supervisores bancarios se habrían puesto de acuerdo sobre revisiones a Basilea 3, los estándares internacionales de capital y liquidez tras las crisis financiera, los cuales habrían estado casi completos entonces. Eso no sucedió, principalmente porque algunas autoridades europeas se resistieron a la perspectiva de demandas de capital aún más altas para los bancos bajo su cargo.

Funcionarios cercanos a las discusiones en el Comité de Basilea sobre la Supervisión Bancaria, el cual elabora los estándares, siguen confiando en que eventualmente se alcanzará un acuerdo. Sin embargo, retrasos adicionales parecen inevitables, aunque solo sea porque el presidente Donald Trump aún no ha elegido a los funcionarios estadounidenses necesarios para completar las conversaciones. Incluso si se llega a un acuerdo, además, hay signos de que la tendencia hacia la regulación internacional que cobró impulso después de la crisis financiera pudiera estar yendo en reversa.

"Tras la crisis, hubo un consenso para un conjunto de reglas mundial", dijo Huw van Steenis de Schroders, una firma británica de administración de fondos. "Ese consenso se ha roto ahora".

La crisis reveló que muchos bancos tenían muy poco capital para absorber pérdidas, estaban financiados con demasiada deuda y no suficiente capital social y eran propensos a la falta de liquidez. Basilea 2, el conjunto de estándares previo completado en el 2004, había requerido que los bancos mantuviera una ratio mínima de capital "nivel 1" –capital social más deuda elegible– en relación con los activos de riesgo ponderado (RWA, por su sigla en inglés), con las ponderaciones determinadas por los propios modelos de los bancos o por un enfoque estandarizado. Esto había resultado inadecuado.

Además, aunque Europa había adoptado Basilea 2 en general, los supervisores estadounidenses lo habían aplicado solo a una docena de bancos activos internacionalmente, temiendo –con buena razón– que Basilea 2 permitiera a los prestamistas mantener niveles peligrosamente bajos de capital social. Otras naciones prefirieron observar una ratio de apalancamiento simple, de capital social en relación con activos no ponderados.

Basilea 3, acordado en el 2010, fue aceptado a ambos lados del Atlántico y en muchos otros países. Sus muchas y detalladas estipulaciones están siendo introducidas gradualmente y han sido revisadas y ajustadas varias veces.

Los estándares son mucho más estrictos que los anteriores en varias formas, empezando con las definiciones más estrictas del capital nivel 1 y de los RWA. El componente del capital social del capital nivel 1–capital social común nivel 1, o CET1– debe representar al menos 4.5 por ciento de los RWA. El capital nivel 1 total debe ser de al menos 6 por ciento. Stuart Graham de Autonomous, una firma de investigación, estimó que las nuevas reglas en vigor recortaron alrededor de tres puntos porcentuales a las ratios CET1.

Aparte de esto, Basilea 3 estipuló un "colchón de conservación de capital" de 2,5 por ciento de los RWA y un "colchón contracíclico" de hasta 2,5 por ciento, establecido por los reguladores nacionales y destinado a enfriar el sobrecalentamiento. Ambos deben estar constituidos por capital social.

Las 30 instituciones consideradas como bancos de importancia sistémica mundial (o G-SIB, por su sigla en inglés) incurren en un sobrecargo de capital social, que va del 1 al 2,5 por ciento de los RWA. Todos estos requisitos aumentarán año con año hasta 2019. Los G-SIB de países ricos deben también tener una "capacidad de absorción de deuda total" (o TLAC, por su sigla en inglés), que comprende capital social y deuda convertible, de 16 por ciento de los RWA para el 2019 y de 18 por ciento para el 2022. El puñado de G-SIB de economías emergentes tendrá más tiempo. La idea es que, si quiebran, puedan ser automáticamente recapitalizados haciendo participar a los inversionistas, sin molestar a los contribuyentes.

Basilea 3 también introdujo una ratio de apalancamiento promedio, una idea a la que los reguladores europeos se resistieron al principio. El capital nivel 1 debe ser de al menos 3 por ciento de los activos, y más para los G-SIB. Para abordar las preocupaciones sobre la liquidez, Basilea 3 también requiere que los bancos tengan suficientes activos líquidos de alta calidad para soportar un mes de retiros bajo presión y mantengan un financiamiento "estable" suficiente, como capital social, deuda a largo plazo y depósitos minoristas.

Todo esto ha significado que los bancos se han capitalizado mucho mejor. Las ratios del CET1 y el apalancamiento han aumentado. Virtualmente todos los 100 bancos internacional grandes y los otros 110 cubiertos en el más reciente reporte de supervisión del comité de Basilea están cumpliendo con los estándares de Basilea 3.

Algunas tareas no han sido abordadas aún, como si las ponderaciones de riesgos de los bonos soberanos debieran ser elevadas. La controversia más reciente se origina en los intentos del comité por dar más consistencia a los cálculos internos de los RWA de los bancos y reducir la brecha con el enfoque estandarizado, que típicamente produce RWA más altos y por tanto ratios de capital menores. En el 2013, el comité pidió a 32 prestamistas que elaboraran las ratios del CET1 para la misma hipotética cartera de crédito. La cifra más alta estuvo cuatro puntos porcentuales por encima de la más baja.

Eso, decidió el comité, era demasiado, así que propuso cambios para cerrar la brecha, incluyendo valores mínimos para los parámetros importantes en los modelos internos, como la probabilidad de que ciertos tipos de préstamos terminaran mal. Más controversialmente, sugirió un "piso de producción" general –un límite menor para la suma de los RWA– de entre 60 y 90 por ciento del número alcanzado vía el método estandarizado. Si el modelo interno de un banco producía una cifra por debajo del piso, se debería usar este piso en su lugar.

Los cambios tendrían poco o ningún efecto en los bancos estadounidenses, pero algunos prestamistas europeos y asiáticos verían aumentar sus RWA y, por tanto, sus requerimientos de capital mínimo. Injusto, dijeron los europeos: los cambios, de hecho, los penalizaban por mantener en sus hojas de balance activos como hipotecas residenciales y préstamos a grandes empresas, los cuales es menos probable que tengan los prestamistas estadounidenses. Para nada, reportaron los estadounidenses, quienes aún desconfían de la ponderación del riesgo: ustedes deberían haber puesto en orden sus casas más pronto, como lo hicimos nosotros.

Funcionarios dicen que casi todos los desacuerdos han sido resueltos excepto, crucialmente, el del piso de producción. Por ahora, sin embargo, no hay nadie con quien hablar del lado estadounidense, y el estado de ánimo aislacionista entre algunos republicanos trabajaría en contra de un acuerdo. En una carta en enero a la presidenta de la Reserva Federal, Janet Yellen, Patrick McHenry (republicano de Carolina del Norte), vicepresidente del Comité de Servicios Financieros de la Cámara de Representantes, escribió que era "inaceptable" que la Fed "continúe negociando estándares regulatorios internacionales para las instituciones financieras entre burócratas globales en otros países sin transparencia, responsabilidad o la autoridad para hacerlo"; en otras palabras, "permanezcan fuera de Basilea hasta que reciba nuevas órdenes".