Por: Javier Barbero

El pasado está escrito con todas aquellas vivencias que nos han traído aquí y ahora, a este lugar y de esta manera.

Es un baúl lleno de experiencias, de decisiones erróneas y afortunadas, de tristezas y alegrías, de personas que entraron y salieron de nuestra vida.

Podemos aprender del pasado, pero cuando nos fijamos demasiado y nos estancamos en lo que no nos gustó, en nuestros "errores" o en los "errores" de otras personas, sin soltar ni perdonar; o bien estamos constantemente recordando una y otra vez situaciones desafortunadas que ocurrieron ayer, la semana, el mes o el año pasado, podemos terminar recreando aquello que precisamente queremos evitar.
Por otro lado, este momento -con todo lo que podemos ver, oír, degustar, tocar, sentir, disfrutar y actuar- es el único que es auténtico y real, el único en que podemos sembrar infinitas posibilidades.

No se trata de renunciar al pasado, sino de evitar que se convierta en una atadura, un lastre que nos paraliza y estorba para disfrutar del presente. Acudimos a él a través del recuerdo. Pero sentir la necesidad de vivir en el pasado es un comportamiento poco recomendable para nuestro desarrollo personal.

No se trata de borrar nuestro pasado, pues recordar momentos agradables nos provoca placer. Se trata de soltar el lastre y aceptar que el pasado es un pensamiento espontáneo y no una vivencia real; de saber sacar provecho del recuerdo de experiencias vividas, ya sean alegres o tristes, convirtiéndolo en una enseñanza para mejorar nuestra condición de seres humanos.

Como dice un proverbio árabe, se trata de: "Saber que lo pasado ha huido, lo que esperas está ausente, pero el presente es tuyo".