Llegó un momento en mi vida de madre, en que me di cuenta que para mis hijos yo solo era una máquina de dar órdenes e indicaciones. No me gustó, pero luego entendí que estaba equivocada.

Por: Aura Zelada*

Cuando aún no tenía hijos y más o menos empecé a entender la importancia de dormir temprano para no tener sueño al día siguiente, de alimentarme bien y cuidar mi salud, de hacer ejercicios, de ocuparme de tener una buena relación con mi familia… ¡Paf! Me convertí en mamá.

Precisamente ahora, que aprendí a aplicar todos esos responsables cuidados en mí, también debo aplicarlos en mis hijos.

Pero el tema está en que ellos no lo entienden de buenas a primeras. Lo más probable es que les tome unos 30 años, así como a mí.

Entonces, ¿cómo se hace para explicarle a un niño de 5 años que si no duerme temprano hoy, mañana va a tener sueño? ¿Cómo le hacés entender que si no se lava las manos antes de comer se puede enfermar? ¿Cómo le decís lo determinante que es para su vida que cultive una buena relación con su hermanita? ¿Cómo lo animás a que entrene su paciencia? ¡¿Cómo?!

La única manera que encontré hasta el momento es: ¡Convirtiéndome en una hinchapelotas constante! Sí, una controladora, histérica, obsesionada de los horarios, la logística, la alimentación mínimamente saludable y los buenos modales.

Fue en ese momento de mi vida de madre, más o menos cuando empezaron el cole (5, 6 años), que me di cuenta de que prácticamente para ellos yo sólo era una máquina de decir: ¡A levantarse! Lavate las manos. Comé tu comida. Cepillate los dientes. ¡A bañarse! ¡A vestirse! Abrigate. Decí hola. Decí chau. Decí gracias. Pedile disculpas. Sentate bien. Sacate el dedo de la nariz. Opa tele. Opa iPad. Hora de dormir. ¡A levantarse!…

Y no me gustó darme cuenta de eso.

¿A quién le gusta ser la mala de la película? La aguafiestas que te apaga la tele para ir a dormir, la misma que después interrumpe tu hermoso sueño para levantarte temprano. La que te saca de un juego divertido para ir a bañarte. La que después de que tanto hinchó para que vayas a bañarte, te dice que ya salgas de la ducha, justo cuando más divertido está el tema de jugar en el agua.

La que te condiciona a comer la comida para disfrutar el postre. La que te limita los caramelos y la que te da remedios asquerosos cuando estás enfermo. La que, cuando estás dispuesto a ir a jugar, te recuerda que tenés tarea pendiente. La que te ataja las ganas locas de ir a la pile para ponerte protector solar y la que te detiene en invierno para abrigarte antes de salir a jugar al patio.

¿En qué me convertí? ¡Soy un monstruo!

Pero no. Felizmente, a pesar de saber y aceptar que soy la hinchapelotas constante de sus vidas, estoy completamente segura de algo: Ellos me aman con locura. Lo sé.

Sé porque lo siento en el alma, en cada abrazo, en cada mirada, en cada besito que me dan y en el nudo que se me forma en la garganta ahora, al escribir esto. Pero lo sé, sobre todo, porque es así como yo amo a mi mamá.

Y entonces, ahora, que soy adulta, al darme cuenta que antes que su faceta de mamá hincha, lo que me viene a la mente es todo el amor que siempre me dio y me sigue dando, es cuando vuelvo a concluir que el poder del amor es inmenso, y nada puede con él, ni nuestro papel de mamás hinchapelotas constante.

Gracias, mamá. Gracias, hijos. Gracias, vida.

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