La maternidad marca un antes y un después; pero la directora de Frutika lleva esta expresión a otro nivel. El nacimiento de su hijo cambió el centro de su mirada y la llevó a impulsar la educación de toda una comunidad.

Por: Jazmín Gómez Fleitas

Fotografía y edición digital: Javier Valdez

Producción: Juan Ángel Monzón

Estilismo: Matías Irala

Cristina (30) vive en la comunidad de Kressburgo, del distrito Carlos Antonio López del departamento de Itapúa. Como su historia es ya conocida, asumió las riendas de la empresa familiar hace diez años y, no sólo la consolidó en el mercado nacional, también la expandió a otros países con la exportación y sumó productos innovadores como el de un agua mineral alcalina.

Sin embargo, su rutina empresarial, sus horarios y esquemas marcados, se vieron acortados con la llegada de Lukas, su hijo de cuatro años. Se levanta a las 5.45 para estar lista y, luego, despertarlo y prepararlo para la escuela, la cual está como a cinco minutos de las oficinas.

En casa no se ve la televisión de lunes a viernes, solo los fines de semana. Y Cristina confiesa que tiene estrictas políticas respecto a ello. Incluso hay veces que ni es necesario, porque Lukas la acompaña en sus recorridos por los campos, en lo que ella llama a la actividad "semi-trabajo, semi-placer". Cuenta que él es feliz subiéndose a los tractores, de los cuales conoce más que su mamá. Antes de que se duerma, ella le lee uno de sus cuentos favoritos todas las noches porque, aunque él aún no lea, ya sabe clamar por sus historias favoritas.

Y si hay algún logro que este niño ya pueda atribuirse a tan temprana edad, es el hecho de que uno de los proyectos sociales que impulsa su mamá hoy, nació con él. "Puse mis ojos en la escuela, que mi papá había abierto cuando yo tenía 4 años, cuando surgió el sentimiento maternal. Empecé a pensar en lo que hacía falta y se fue completando de a poco. Primero el maternal, pre-jardín, jardín y preescolar. Y una cosa llevó a la otra, así que ahora estamos con la obra del secundario".

Cuando Cristina terminó el sexto grado en la escuela Heinfried Wolfgang Kress, debió mudarse a Asunción para continuar con sus estudios. Su madre tomó la dirección de la empresa y su papá había fallecido. "Recordé que tuve que ir a vivir con extraños, con otra familia. Para alguien de 10 años es bastante traumático. No te daña la mente, ni trae problemas psicológicos, pero es bueno que los hijos estén con su familia hasta los 18 años. Sé que quizás muchos pasaron por lo mismo que yo. Y así nació la idea de que los padres pudieran tener la opción de dejar a sus hijos cerca, y los hijos, de no irse de casa antes de tiempo".

De la necesidad, la solución

“Yo quería que mi hijo tuviera la mejor educación y, para eso, tenía que hacer algo al respecto. Si hay educación, hay mejores posibilidades laborales y se pueden suplir las necesidades.

Todo lo que hacemos nace de una necesidad y en la búsqueda del cómo las solucionamos es que surgen las ideas. Y lo social siempre va anexado. Por ejemplo, en la empresa necesitamos fruta, ¿de dónde las conseguimos? De plantaciones de pequeños productores que estén abandonadas y que no se quieren usar. Vamos a capacitar a los productores, les mostramos que sí puede ser rentable y generar ingresos. El complemento de nuestra necesidad es que hay 4000 pequeños productores que viven de eso. Y este proyecto del colegio también es así. Es una necesidad, no tan medible como las frutas, pero lo de la enseñanza lo vemos como una necesidad regional y básica para la vida. Si el Estado no hace lo suficiente a nuestros ojos o en el ritmo en el que hace falta, entonces vamos a hacerlo nosotros. Así como lo hizo mi papá cuando yo tenía 4 años. En vez de enviarme a un internado, construyó la escuela".

Su meta es que sea la mejor educación de la zona, entre Ciudad del Este y Encarnación. Ya ofrecen alemán, inglés y robótica dentro de la malla curricular. Tendrán un laboratorio, una biblioteca pública, huerta y mini-zoológico; todo pensado para que sea una combinación de la teoría y la práctica. La inversión en la construcción de la secundaria y el equipamiento es de un total de un millón de dólares.

La estructura del colegio tiene planta baja, primero y segundo piso. En planta baja contendría a la administración y la biblioteca pública, para el fácil acceso. En el primer piso, las seis clases, del séptimo grado al tercero de la media para que puedan contar con turno completo, es decir, doble escolaridad. Y en el último piso las aulas para robótica, informática, laboratorio y un salón auditorio.

La empresa está dando USD 200.000 por año para que funcione toda la estructura, lo cual sería al equivalente de los dos tercios de los gastos que cubrir, entre profesores y demás. El un tercio restante, se cubre con las cuotas pagadas. Y para la construcción del colegio, se realizó un préstamo.

"Está en los planes futuros de que el colegio sea autosustentable algún día pero, por ahora, vive de la empresa y, ojalá, pueda sostenerse también con donaciones. Un empresario pensaría: '¿En cuántos años recupero esto que no tiene retorno visible?' Pero la realidad es que no sabemos si lo haremos. No todos los estudiantes van a trabajar en la empresa. La motivación es moral, significa que diste tu granito de arena para que la educación mejore. La mayoría de las empresas solo capacita a sus funcionarios; pero si este funcionario desde chiquitito no abrazó el hecho de la importancia del aprendizaje, es difícil mejorar. Creo que el mejor potencial que tiene una empresa es asegurar que, desde el comienzo, se tenga una buena base en la educación y, sobre eso, trabajar".

Brindar oportunidades

Se tiene planeado que los bachilleres técnicos ya estén pensados en especializaciones como robótica, electricidad, mecatrónica, etc. Esta elección, como cada una de las que toma para su empresa, está profundamente fundamentada: "Mecatrónica porque congenia varias cosas: matemática, ingeniería, electrónica… porque la agricultura, sin eso, no tiene futuro. John Deere y muchas otras empresas, dicen que el futuro va por ahí. Entonces, la idea es que ellos ya pueden tener ese plus".

Cristina no para de buscar fondos, tocar puertas, buscar asesorías, hablar con padres y profesores. Desde la SNPP hasta el Goethe de Buenos Aires. La Asociación de padres es la instancia encargada de articular las decisiones respecto al colegio como, por ejemplo, que hasta ahora no se pudo llegar a construir un polideportivo y, para ello, deberían hacer actividades a largo plazo para recaudar lo necesario.

Además, se formó una asociación sin fines de lucro para poder recibir donaciones de clientes, proveedores, personas a quienes les interese apoyar la causa: la educación de los niños y adolescentes. El año próximo se abrirá hasta el noveno porque a fin de año ya estará lista toda la construcción, y los siguientes cursos de acuerdo a la cantidad de alumnos.

"Hay muchas aristas que mejorar, pero no se puede hacer todo de una. Incluso, está rondando la idea de si sería necesario un internado, porque muchos señalaron que si la educación es muy buena, seguramente van a querer venir chicos de otros lugares; pero esto lo pensaremos a futuro. Lo vamos a ir viendo, paso a paso, con la comunidad".