Sin previo aviso, la naturaleza descargó toda su furia sobre los desprevenidos pobladores y dejó unas 400 víctimas fatales a su paso. Hoy es una ciudad floreciente, con habitantes que dan lo mejor de sí y apuesta a seguir creciendo. La familia Memmel destaca en este proceso de reconstrucción y se constituye una de las más influyentes y tradicionales de la sociedad encarnacena.

Como si fuera una postrera prueba de fe para el mártir paraguayo San Roque González de Santa Cruz, quien 311 años antes estableciera a orillas del río Paraná la misión que él bautizó con el nombre Nuestra Señora de la Encarnación de Itapúa, el infierno abrió sus puertas sobre la por entonces ya pujante ciudad de Encarnación.

Pocos son los que vivieron ese fatídico 20 de setiembre de 1926 y aún pueden contarlo, sin embargo no existe uno solo de los descendientes de los que fueron testigos presenciales de esa heroica gesta que no conozca sobre lo que ellos llaman “El ciclón de 1926”. Sus padres, sus abuelos o tíos se encargaron de que nadie olvidara lo que sucedió en esa fecha.

Hasta entonces todo iba a pedir de boca. La bonanza era la característica principal de esa comunidad laboriosa que trabajaba incansable ya que por sus venas corría sangre de alemanes, de ucranianos, de rusos, a la que se sumaba la reciente oleada migratoria de italianos.

Apenas habían pasado 13 años de la llegada del Ferrocarril Carlos Antonio López a la ciudad, hecho que dio un considerable impulso a la economía local. La producción llegaba a Asunción y el intercambio con la Argentina se tornaba cada vez mayor. Incluso hacía apenas una década que se había iniciado una nueva y atrevida “moda”, el carnaval, que cada vez contaba con más adeptos.

Pero ese fatídico día lo cambió todo. El ambiente había estado pesado desde semanas atrás y ese lunes amaneció extremadamente caluroso, detalle que llamaba la atención de los pobladores, quienes hacían bromas sobre que el invierno se había apresurado a abandonarlos. No era mala señal ya que comenzaba la época de producción. Pero la lluvia que caía, así como los días anteriores, no llegaba a aplacar el calor, al contrario contribuía a aumentar la humedad y la atmósfera se tornaba enrarecida, casi irrespirable, como un tufo de mal presagio que nadie podría anticipar con la tecnología meteorológica de aquel entonces.

Antes del desayuno los hombres alimentaron a los caballos, a las aves de corral; mientras las mujeres iban en pos de la leche fresca. Los niños, también se levantaron y vistieron sus uniformes escolares, pues setiembre era el mes de la primavera y debían recibirla con festividades al día siguiente. Preparaban sus cuadernos y aprendía los recitados.

Para el mediodía, cuando todos regresaban de sus labores, el calor se hizo más insoportable, como si el infierno respirase desde debajo de la tierra. Esta quemaba, pues el sol había abierto una gran brecha entre las nubes y se mostraba majestuoso, en todo su esplendor.

Los encarnacenos almorzaron y animados por la pesadez del clima decidieron descansar. Unos aprovecharon para hacer la siesta, otros para departir en el entorno familiar. Nadie presagiaba que la desgracia ya estaba en camino, a pocos kilómetros de distancia. Antes de las 18:00, desde el Sureste, los pobladores notaron una impresionante formación de color rojo que se acercaba. Más que temer, en principio la contemplaron admirados. Pero en pocos minutos esas nubes cubrieron todo el firmamento y a lo lejos les pareció como un ser monstruoso viboreaba entre el cielo y la tierra.

Los elementos desataron toda su furia en un breve lapso. La mayoría de la gente se refugió en su casa. Afuera, el viento arrancaba árboles a su paso. La lluvia copiosa volvió a inundar todo y los rayos caían como latigazos enloquecidos, mientras el ruido era ensordecedor. Los creyentes ni siquiera tuvieron tiempo de orar; solo emitían lastimeros quejidos y súplicas antes de cerrar los ojos para no ser enceguecidos por el polvo y la tierra que subían en remolino. La oscuridad era total y apenas daban las 18:30. Dos corrientes de vientos huracanados habían chocado en el puerto de Encarnación y arrasado la parte más próxima al río Paraná.

Del muelle solo quedaron los pilotes desnudos. Juan Perotti, encargado de la usina que proveía de electricidad a la ciudad dándose cuenta de lo que estaba sucediendo, apenas tuvo tiempo de cortar el paso de la corriente para evitar desgracias mayores, antes de que la muerte le reclamara el pago por su heroísmo.

Entonces llegó el silencio absoluto. Apenas se oían las gotas de lluvia que rebotaban contra el suelo. Tímidamente la luz del sol dejó ver el horror de lo que había sucedido. La Villa Baja estaba devastada. Las casas que antes estaban, habían desaparecido y como un macabro rastro de muerte, a lo largo de 350 metros quedaba la huella que el monstruo había dejado.

Lentamente los lamentos, quejidos, llantos y gritos de auxilio se hicieron coro. La escena era dantesca. Los protagonistas no podían creer lo que veían. Familias enteras, que habían buscado refugio en su casa, habían desaparecido. La desolación dio paso a la practicidad de quienes habían emigrado de tierras lejanas y emprendieron el rescate de los sobrevivientes.

Mi abuelo Jorge Memmel vino de Alemania con su esposa Frida. Tuvieron 4 hijos varones. El mayor es Carlos, mi papá, que aún está vivo. El abuelo siempre nos contaba sobre el ciclón que se desató en Encarnación. Decía que el cielo se puso rojo sobre Posadas y hasta Encarnación no se vio nada. En un minuto la Villa Baja desapareció y hubo 400 muertos. El abuelo Jorge era marino y vino corriendo a la casa y encontró a sus padres que estaban acostados en la cama, aplastados por una viga de la casa. Entonces fue en busca a su amigo el Padre Kreusser y en una canoa pasaron a Posadas para traer ayuda. Pese a las oleadas lograron pasar a la ciudad argentina y luego retornaron con médicos, enfermeras y medicamentos”, recordó Norma Memmel, quien resalta que desde ese 1926 la historia recuerda la confraternidad que supuso esa desgracia. Absolutamente todos ayudaron para levantar de nuevo la ciudad.

Jorge Memmel y José Kreusser son dos de los recordados héroes de la ciudad. “A mi abuelo lo querían mucho y a mi papá también. Son gente que dan mucho por su ciudad, pero calladitos. Mi papá armó el estadio del Club Pettirossi que se llama Carlos Memmel. Somos una familia muy tradicional de Encarnación, nadie nos puede señalar con el dedo porque nos educaron muy bien. Agradezco a mis padres y abuelos. Esta forma de ser y de vivir yo les pasé a mis 4 hijos y a mis 3 nietos”, refiere Norma.

A más de 90 años de que la naturaleza se ensañara con Encarnación, los ciudadanos se pusieron al hombro la ciudad como lo hicieran antes sus padres y sus abuelos. Ese mosaico de inmigrantes, a los que se sumaron japoneses y árabes, con orgullo supieron defender su tierra y hoy se precian de que la conocida y tradicional Perla del Sur adquiera un renovado valor y sea una verdadera joya entre todas las demás metrópolis.