Un sueño, una meta, un negocio une a cientos de mujeres que perdieron la libertad, pero no las ganas de luchar, y que hoy envían un mensaje de esperanza, tejido con sus propias manos.

Cuando la mayoría de las personas piensa en los negocios, tiene el concepto de que se trata de una actividad que se realiza para obtener una ganancia, un beneficio económico, es decir, que tras concretar ciertas operaciones comerciales u ofrecer determinados servicios profesionales, un porcentaje de dinero quedará en sus manos.

ASUNCION, PARAGUAY - AUGUST 29: (Photo by Luis Vera)

En ocasiones, sin embargo, el mundo de los negocios ofrece escenarios inimaginables y revela aspectos de la vida que normalmente son invisibles para la sociedad. La idea de trasponer la puerta de una compañía, marcar una tarjeta de entrada y de salida, trabajar 8 horas y luego reencontrarse con la familia o pensar en vacaciones en lejanas y paradisiacas playas, es la idea clásica de un "trabajo", un medio para conseguir recursos de subsistencia.

Pero hay personas para las cuales el trabajo significa mucho más que simplemente ganar dinero o recursos para subsistir. Para algunas, es la diferencia entre alcanzar la dignidad o caer en el infierno.

"Desde que entré y durante dos meses me pasaba llorando todo el día", recuerda Dora una de las reclusas del penal de mujeres el Buen Pastor, quien actualmente es una de las subinstructoras del proyecto Kuña Katupyry, con el que hoy decenas de mujeres privadas de su libertad, producen prendas y objetos que son vendidos tras las rejas. De forma honesta y esforzada, ellas encontraron una oportunidad no solo para conseguir dinero, sino para no caer en la desesperación, volver a sentirse útiles y dignas, y recuperar esa esperanza que habían perdido en la vida.

De aquella Dora que ingresó al penal no queda nada. Hoy ella es una chica fuerte e inquieta que sonríe, que trabaja todos los días sin descanso, porque como ella misma cuenta "además de ser una forma de obtener ingresos, también me sirve de terapia. Todas las beneficiarias del proyecto trabajamos porque queremos un cambio en nuestra vida, queremos vivir mejor", cuenta la joven que, incluso, en estos momentos hasta estudia Psicología. Su situación cambió cuando decidió tomar las clases organizadas por el Comité Internacional de la Cruz Roja (CIR) y la Cruz Roja Paraguaya y, luego, también cursar la universidad en el penal.

La historia de Dora es particular, como la de cada una dentro del Buen Pastor. También tiene allí a su propia madre, quien al igual que ella, cumple condena. Su nombre es Teresa y es una experimentada modista. Según refiere, ella pidió que le trajeran su máquina de coser desde la casa y equipó su celda con luces especiales para poder trabajar de noche, ya que a veces recibe muchos pedidos y debe seguir trabajando horas extras, fuera del horario normal del aula-taller.

"Gran parte de las prendas que se confeccionan en el taller de Kuña Katupyry, pasan por las manos de Teresa. A ella le llegan las telas ya bordadas para cortarlas y coser. Hace desde vestidos de calle, camisas, uniformes hasta vestidos de novia. También completó los módulos de las diferentes técnicas artesanales y, por lo tanto, realiza otros tipos de manualidades", explican las autoridades del penal. Y agregan que madre e hija valoran el trabajo que realizan instituciones aliadas en el penal, porque los proyectos parten de las necesidades de las beneficiarias.

Hojas de cuaderno

El 9 de marzo del 2008, un grupo de internas del Correccional de Mujeres Casa del Buen Pastor, abordó a funcionarios del CICR que visitaban el centro de detención, para presentar una propuesta que cambiaría sus vidas y la de tantas otras mujeres en esa misma situación.

Al respecto, Ana Dina Coronel, directora del Penal del Buen Pastor, contó que en hojas de cuaderno escritas a mano, las detenidas pedían apoyo para la formación de una asociación de artesanas, la semilla de lo que, meses más tarde, sería el Proyecto Kuña Katupyry (mujer emprendedora en guaraní), una exitosa iniciativa de generación de ingresos y de reintegración social, desarrollada en la principal cárcel de mujeres de Paraguay.

Más de 300 mujeres hoy forman parte de esa iniciativa que comenzó hace 9 años, desde unas humildes hojas de cuaderno. La producción artesanal incluye zapatillas bordadas, camisas para damas y caballeros, uniformes para empresas, trajes de novia, vestidos de ao po'i, toallas bordadas, ajuar de recién nacidos, manteles, camineros, individuales, portacelulares de ñandutí, hasta trajes típicos.

Como son numerosas, las trabajadoras de Kuña Katupyry cuentan con orgullo que están capacitadas para realizar no solo una gran variedad de trabajos, sino que también aceptan el desafío de recibir un gran volumen de pedidos.

Cuando esto ocurre, ellas se organizan de manera eficiente y coordinada para cumplir en tiempo y, sobre todo, en calidad, ya que cada producto que sale de sus manos es una joya que lleva un mensaje hacia la libertad. Con ella dicen que son capaces, que son personas que tienen derecho a una oportunidad, que son madres, hijas, mujeres que luchan por reinsertarse luego de un error. Ellas mejor que nadie saben que tras marcar la tarjeta de salida no tienen a dónde ir, ni vacaciones paradisíacas.

Estigma

Una de las responsables de la capacitación en artesanía de este proyecto, la profesora Rocío Rojas Sosa, quien también se encarga de recibir pedidos para las artesanas, recuerda con satisfacción las 600 alas de crochet que tuvieron que hacer para fabricar unos ángeles, que se venderían como adorno navideño a un conocido centro comercial de San Lorenzo. En aquella ocasión facturaron alrededor de 3 millones de guaraníes.

Rocío también recuerda cuánto le costó incorporarse al proyecto. Cuando desde el Instituto de Artesanía Paraguaya le avisaron que había una vacante como instructora de artesanía en el Buen Pastor, lo primero que pensó fue "ni loca". Como para casi todos los que están del otro lado de las rejas, la cárcel es un tabú, es un tema del que no se debe hablar ni pensar.

Profesora Rocío Rojas, responsable de la capacitación en artesanía.
Profesora Rocío Rojas, responsable de la capacitación en artesanía.

Como es natural, a Rocío le llevó tiempo perder el miedo. Tardó cuatro meses en adaptarse a su nueva función y a sus alumnas, y ganarse la confianza y respeto de ellas. De esa primera impresión ya pasaron varios años y muchas alumnas le honraron con su amistad. Incluso entre sus muchas anécdotas, siempre valora como estas beneficiarias del proyecto Kuña Katupyry, la protegieron en el transcurso de tres motines que le tocó vivir dentro del penal.

"El Buen Pastor es un lugar de trabajo como cualquier otro. Cuando estoy en clase, no siento que estoy en un penal, sino enseñando a alumnas que quieren aprender", opinó.

Hasta hace 5 años, la educadora se encargaba sola de la enseñanza de las artesanas, pero debido a la gran cantidad de interesadas, desde el año 2012 se vio en la necesidad de incorporar a 7 subinstructoras, para que la ayuden en la tarea. Estas, a su vez, son mujeres privadas de libertad que ya obtuvieron el carnet de artesanas y que recibieron además, un entrenamiento especial para enseñar.

Aunque ganar dinero para mantener a sus hijos es la prioridad de las madres, las clases de artesanía también son a veces, momentos de desahogo, y sirven como terapia ocupacional. "Hay veces que algunas están mal y cuentan sus problemas: Muchas de sus historias personales son muy fuertes", confesó Rocío.

Detrás de cada una de estas mujeres que luchan por salir adelante existe una historia diferente, sin embargo, el común denominador en la actualidad, es que todas las que tomaron el curso de Kuña Katupyry pasaron por una experiencia positiva que quieren transmitir a las demás, a tal punto que incluso aquellas que no acabaron su formación, deciden terminar el colegio y otras más ambiciosas, se embarcan en una carrera universitaria.

Historias y técnicas

Una de estas historias es la de Alicia, una extranjera que vino a Paraguay y por circunstancias de la vida, quedó en el Buen Pastor. Ella es madre, tiene dos hijas menores. Cuando la confinaron al penal no conocía a nadie, era presa de la angustia, del remordimiento, de la añoranza de ver a sus pequeñas y de la desesperación de no poder ayudarlas.

Un día conoció a una de las beneficiarias del proyecto Kuña Katupyry, quien le recomendó que se uniera al grupo y que aprendiera sobre los trabajos manuales que allí enseñaban. No fue fácil, no solo porque Alicia jamás había tomado una aguja, sino además porque por ese entonces solo se admitían mujeres con condena y ella aún no la tenía. Tuvo que esperar hasta el año 2011 para comenzar a estudiar. Pero con ahínco y tesón, lentamente completó los módulos de ao po'i, ñandutí, punto cruz, encaje ju y crochet. Así, en el año 2015 pasó a integrar el grupo de producción y desde el año pasado es subinstructora de ao po'i.

Alicia se asoció a la cooperativa Kuña Katupyry y así pudo acceder a créditos con los que produce labores de bordado. Con esfuerzo propio, ayuda e instrucción, la mujer y madre, presa de cuerpo y culpas, hoy no solo consiguió cubrir sus propios gastos, sino que también puede enviar dinero al exterior, para ayudar a sus pequeños tesoros que la extrañan en la distancia.

Ventas

Los trabajos que elabora el proyecto Kuña Katupyry se pueden encontrar en la Secretaría Nacional de Turismo (Senatur), en Palma 468 casi 14 de Mayo. También en la fanpage de Facebook "Kuña Katupyry. Mujer Emprendedora" y en la tienda de la cooperativa, ubicada en Santiago 1356 casi Avenida Brasilia. Las consultas y pedidos, se pueden hacer al (0983) 607-936.