La Industria Nacional del Cemento (INC) prevé iniciar en marzo el aumento gradual de su volumen de producción. En un primer momento, el incremento será del 30%, merced a la habilitación y operación de un nuevo molino que se encuentra en la última etapa de montaje. El presidente de la entidad informó hace unos días que la intención es pasar de 1.100.000 bolsas mensuales a 1.400.000 unidades. Para la puesta en funcionamiento de las nuevas maquinarias fue necesaria una inversión cercana a los US$ 12 millones, que corresponden a los bonos soberanos colocados en el mercado internacional en el 2014.

La noticia es desde luego muy positiva. La INC desempeña un papel estratégico en el crecimiento de nuestra economía. Es el principal proveedor de un insumo básico para la construcción, uno de los sectores que más se han beneficiado con la sostenida expansión económica de nuestro país en los últimos años. La construcción es además un generador de puestos de trabajo por excelencia, por lo que su prosperidad tiene un efecto multiplicador en todos los campos, comenzando por el consumo. El auge es de tal magnitud, que solo es comparable al periodo del boom de Itaipú, momento que cambió definitivamente la fisonomía de la capital del país y de Ciudad del Este. La bonanza se remonta ya al 2010, cuando comenzaron a registrarse los altos índices de crecimiento. Administraciones y autoridades anteriores prefirieron hacer la vista gorda ante las deficiencias y denuncias de corrupción y, en lugar de intervenir con acciones decisivas, dejó el asunto a la deriva causando un grave perjuicio. Cuando la INC caía en sus cíclicos períodos de escasez, prosperaban además la especulación y un intenso comercio ilegal. La escasez elevaba sustancialmente los costos, perjudicando en primer lugar a los mismos obreros empleados en las obras y sumando presión inflacionaria. La falta de este elemento crucial no afectaba solamente al sector privado. Las obras que el Gobierno llevaba adelante o los programas de viviendas sociales sufrían constantes retrasos.

La transformación que parece estar en curso en la INC –y que es de esperar se consolide este año– no solo pasa por cambios en la infraestructura de la planta fabril o en ampliaciones de la producción, sino también en liberar definitivamente a esta institución de los vicios clientelistas y sectario-partidistas con los que se manejó durante décadas. Esta contaminación es lo que explica en gran medida cómo una empresa que debería tener las mejores perspectivas de rentabilidad y de progreso quedó estancada por tanto tiempo. Mejorar la producción, apostar a la incorporación de tecnología y desterrar la politiquería harán de la INC una palanca eficaz para el desarrollo económico y social de nuestra nación.

La INC cumple un rol demasiado importante en el conjunto del aparato de nuestra economía. Sus avances, lo mismo que sus problemas, impactan en actividades que ocupan laboralmente a miles de personas. Por eso es preciso redoblar el empeño para lanzar definitivamente a esta entidad hacia una gestión eficiente y moderna, sin posibilidad de retroceso hacia el manejo politiquero que tanto daño le hizo hasta hace años atrás. Con ello podrá acompañar el dinamismo del sector de la construcción y favorecer además la generación de nuevos empleos.