El lunes 5 de febrero, el país ama­neció con la buena noticia de que fueron liberados después de cinco meses los dos ciudadanos de confe­sión menonita que quedaban aún en manos de los criminales del Norte que se dan a conocer mediante una sigla.

La libertad de Bernhard Blast y de Franz Hie­bert ya se estaba esperando desde mediados de diciembre porque los familiares habían cumplido con las exigencias de los bandoleros que los tenían cautivos. Recién se produce 47 días después del último día que, por la extor­sión de los criminales, se entregaron las mer­caderías evaluadas en 25 mil dólares a fami­lias pobres a pedido de sus captores, que fue el 19 de diciembre.

Franz Hiebert es poblador de la colonia Santa Clara, del distrito de Tacuatí, del departa­mento de San Pedro, y había sido secuestrado el 21 de agosto del 2017. Bernhard Blatz es de la colonia Río Verde, también San Pedro, y fue capturado el 1 de setiembre del año pasado.

La libertad de uno y otro debe celebrarse con mucha satisfacción porque uno de los mayo­res regalos de la vida es la condición de ser libre, así como uno de los peores castigos es la opresión. Es lo que todo el mundo estaba esperando, especialmente sus familiares que han sufrido las angustias de la incertidumbre y la tristeza de que uno de sus hijos perdiera su libertad por efecto de la violencia de los bandidos.

Este hecho auspicioso que ha causado gran ale­gría entre sus familiares y que se ha recibido con gran satisfacción por toda la ciudadanía se da casi un mes después de que se hallaran los restos óseos de Abrahán Fehr, secuestrado en agosto del 2015, cuando el 11 de enero pasado la FTC encontró los huesos en una estancia del Norte. Y tiene el sabor agridulce de recordar­nos que hay todavía dos secuestrados: Edelio Morínigo y Félix Urbieta, de los que no se tiene noticias ciertas hasta ahora.

La liberación de Franz y de Bernhard tiene la enorme importancia de recordarnos que la libertad es un derecho fundamental de la per­sona humana que no puede ser cercenado por ninguna fuerza y que debe ser garantizado por las autoridades con la máxima energía.

Por ello hay que exigir la libertad de Edelio Morínigo, que ayer cumplió 1.312 días de cauti­verio, la de Félix Urbieta, que lleva 481 días de prisión y la de todas las personas que se hallan cautivas o desaparecidas por acción de los faci­nerosos. No se puede admitir en una sociedad civilizada el secuestro de las personas por nin­guna razón política, criminal o económica que fuere, y los responsables de esos actos deben ser aprehendidos y ejemplarmente castigados de acuerdo a la ley.

Pero no hay que engañarse: no se puede olvidar que, lastimosamente, la liberación de los dos secuestrados es fruto de un miserable chan­taje realizado por los malhechores del Norte, que para dejarlos ir impusieron sus condicio­nes. Hay que admitir que la lamentable extor­sión ha tenido éxito, porque para esta libertad se han tenido que cumplir los pedidos de los criminales.

Como la República del Paraguay, con sus ins­tituciones, autoridades y normas jurídicas, no puede estar a merced del capricho de los delin­cuentes, no se puede admitir el chantaje ni la extorsión. Por eso, luego de este hecho las ins­tituciones de la República deben redoblar su esfuerzo para combatir a los facinerosos, rees­tructurando sus fuerzas, mejorando su estra­tegia y, con todo el fervor patriótico, continuar la tarea iniciada hace algunos años.

Se debe entender que la libertad de estos dos colonos comporta un desafío para las institu­ciones de la República para terminar con los grupos criminales que se burlan del país que­riendo imponer sus propias leyes. Y la ciuda­danía debe acompañarlas en esta tarea porque tiene el compromiso de trabajar con las autori­dades constituidas que fueron elegidas demo­cráticamente por el voto popular para cumplir la Constitución y las leyes.