El "certificado de defunción que expidió el pasado martes 9 de mayo el ex primer ministro francés Manuel Valls fue, más que un anuncio, un diagnóstico: "Este partido socialista está muerto", sentenció.

Aunque resonó en toda Europa y en el mundo, el certificado no hacía falta; en las recientes elecciones francesas que terminaron con la cantada elección del nuevo presidente de Francia, Emmanuel Macron, el derrumbe socialista había sido más estrepitoso que la "muerte anunciada" por las encuestas, con un insignificante porcentaje de votos, que dejaba en ruinas, desnudo de votantes y de escaños, a un partido acostumbrado por décadas a dirigir o, por lo menos, compartir el poder político de Francia, y la segunda "potencia" más influyente de la Unión Europea.

Rompiendo con la historia que significó el triunfo de Mitterrand, a principios de los años 80, la reivindicación de la izquierda democrática, tras el derrumbe de los partidos comunistas como representantes de la izquierda totalitaria, de partido único y dictadura del partido, en vez del proletariado, haciendo irrumpir el socialismo democrático como referente de la nueva Europa.

La caída, en el sentido contrario, hoy deja una gran interrogante sobre quién ocupará ese lugar, es decir, un vació político realmente importante.

Es, sin duda una catástrofe, no solo del gobierno de Holland, sino que implica también una derrota para la izquierda y para el centro conservador, teniendo encima el avance de votos de la extrema-derechista Le Pen.

Y un serio aviso para la Unión Europea, que ya tuvo una señal de alerta con el Brexit. Si tomamos el ejemplo de la deserción de Gran Bretaña, que fue principalmente basada en que los votantes que estaban a favor de seguir en la Unión, no votaron, vale la pena mirar a lo que pasó en España recientemente, un país que necesitó sucesivas elecciones, durante un largo período descabezado de los políticos, ya que ninguno de los contendientes lograba la suficiente cantidad de votos para gobernar. Hubo que llegar a un cuasi suicidio del Partido Socialista, porque no tenía otra salida, dado su cada vez más raleado electorado en cada elección sucesiva.

Es decir, la conclusión no está entre izquierda y derecha, aunque ésta haya ganado en votos –más por el neorracismo generado por el terrorismo, que desgastó a este último gobierno francés– sino en el desgaste de los políticos y en la falta de interés y de credibilidad en las propuestas que representan.

Una lección que vale tener en cuenta. Más que el desgaste de la política, podemos hablar del desgaste de los partidos.

¿Y por casa cómo andamos? Si bien tenemos partidos que crecen en afiliados, en lo que va de la transición no han crecido en votos, ni en fidelidad de los votantes, sino en dependencia de los "outsiders".

De hecho, tenemos a los dos partidos tradicionales divididos y, más grave aún, internamente confrontados, y a la tercera vía de la izquierda, tan nueva, tan igualmente conflictuada.

Las internas están siendo más demoledoras de los partidos que el pensamiento en las elecciones nacionales; las luchas descalificadoras más fuertes que las propuestas de gobierno.

Hasta ahora hay más candidaturas probables que ciertas, y más candidatos volando que candidato en mano, olvidándonos del sabio refrán que dice que más vale pájaro en mano que cien volando.

El problema no es de los outsiders, sino de las internas, de los "insiders" de los partidos. Peleando el poder partidario y en el Congreso, cada quien en su carpa, cada quien en pos de su cargo, sin una visión nacional y de cara al futuro. Y así les ha ido durante esta transición, sin un solo presidente "de partido".

Y así les va a seguir yendo, mientras sigan pensando en la banquita y los carguitos, y no en el interés nacional.