Se está viviendo con mucha espectacularidad en estos días lo que sucede en el movimiento Honor Colorado, el oficialismo de la ANR, en el marco de la definición de su candidatura para la Presidencia de la República.

Obviamente lo que sucede con el sector político que corresponde al presidente de la República siempre tendrá visibilidad por cuanto viene investido de interés inherente a su rango en el escenario político.

Todos opinan sobre lo que sucederá con Santiago Peña, si se quedará o no con la chapa, incluso opinan los políticos del sector disidente de la ANR y las figuras de la oposición.

Lo paradójico es que algunos referentes que son virulentos en juzgar lo que sucede en el entorno político presidencial, en el debate por escoger a la candidatura de Honor Colorado, asumiendo un tono moralista y ético, corresponden a partidos que jamás realizaron procesos internos ni tuvieron ningún tipo de contraste o puja interna que inquietara la voluntad de sus líderes partidarios.

Por ejemplo, la preocupación del PDP en este momento no sería la convocatoria de sus bases para escoger a un candidato a presidente o a su lista de senadores y diputados, sino se reduce aparentemente a una suerte de herencia familiar de la postulación de senador de Desirée Masi a Rafael Filizzola. Sin embargo, este detalle dañino para la democracia no preocupa a nadie ni es noticia. (De hecho, una de sus deserciones más resonantes, la del conocido ex fiscal y actual senador Arnaldo Giuzzio, responde a tal componenda).

No le va en zaga Avanza País, cuyo líder detenta nada menos que la Intendencia municipal de Asunción, su hermano senador es su principal vocero y otro hermano –a su vez– el Vicepresidente del Partido Febrerista que postula a Ferreiro para la Intendencia. Esto tampoco es noticia ni llama la atención.

En el Frente Guasu no se conoce, salvo en el partido Tekojoja, que hubieran existido compulsas internas importantes, y, en fin, en todo el espectro opositor de nuevos partidos, emergentes del proceso de transición democrática hay mucho enunciado discursivo sobre participación y democracia, pero muy poca puesta en práctica de tales valores.

Hay, en resumen, mucha generosidad por parte de tales líderes –que no realizan internas o la realizan simbólicamente y que no renuevan sus liderazgos– para juzgar lo que ocurre en los así llamados partidos tradicionales (ANR-PLRA) pero no les inquieta los síntomas del partidismo de propiedad personal que se vive en sus propias experiencias políticas.

Es justo mencionar aquí que la fuerza de los cuestionados partidos tradicionales radica, justamente, en la capacidad que tienen de llevar sus compulsas internas, a veces sangrientas, pero que finalmente impiden que su masa de afiliados se desmovilicen y más bien se encuentran en militancia permanente gracias a ello.

Y no se trata de una situación de valor democrático que se vive en los partidos tradicionales desde la transición democrática, sino viene desde los dolorosos tiempos de la dictadura inclusive.

En la peor época liberticida, la ANR renovaba sus seccionales, en todos los pueblos, con el fragor de las luchas internas entre caudillos locales, y en esos mismos tiempos, principalmente en la última etapa del estronismo, el PLRA supo sostener sus comités y realizar sus eventos partidarios contra viento y marea.

Es fundamental que los partidos políticos "refresquen" su democracia interna y es poco ético e impresentable que sus formas de renovación sean cosméticas, hereditarias o construidas en base al "chonguismo" antes que mediante la sana compulsa electoral interna. Allí es donde los partidos tradicionales tienen una cátedra que transmitir a muchas agrupaciones políticas que normalmente alardean en los medios sus recetas de democracia, pero ofician con aquel viejo adagio que señala "haz lo que yo digo, pero no lo que yo hago".

Evitar las internas verdaderas, con corrientes internas consolidadas, tiene consecuencias que terminan siendo nocivas para el crecimiento de estos partidos y como muestra vale un botón: hasta hoy los liderazgos que surgen de los sectores que evitan la participación interna en la elección de sus autoridades o la maquillan, siguen precisando de los partidos tradicionales para un proyecto que apunte a ganar elecciones nacionales.

La transición democrática debe dar paso a un sistema de partidos fortalecidos que apunten a lograr el poder mediante la fortaleza de sus propios núcleos, siendo que en todos ellos pueden surgir liderazgos aglutinadores; ejemplos son Fernando Lugo y Mario Ferreiro; pero mientras estos partidos y alianzas no se abran a procesos electorales internos amplios, transparentes y por sobre todo competitivos seguirán dependiendo del humor del partido tradicional de oposición disponible para pensar en un resultado auspicioso.