Andrew Ross Sorkin

Por un breve momento, el 1 de mayo, Wall Street contuvo el aliento, como si el tiempo hubiera quedado suspendido en una realidad alterna.

Por primera vez como residente de la Casa Blanca, el presidente Donald Trump dijo en voz alta que estaba pensando en desmembrar los grandes bancos del país. Claro, él ya había dicho eso en su campaña electoral, pero esto parecía diferente.

"Lo estoy examinando en estos momentos", declaró a Bloomberg News durante una entrevista en la Oficina Oval. "Hay quienes quieren regresar al sistema de antes, ¿verdad? Así que vamos a examinar eso".

El titular rebotó por la bandeja de entrada de los más altos ejecutivos bancarios del país. En la Conferencia Global Milken en Los Ángeles, donde el secretario de la Tesorería Steven Mnuchin había terminado de hablar –y no mencionó el desmembramiento de los bancos– los pasillos rápidamente se encendieron con el comentario, según varios participantes, a medida que se difundía por teléfono celular. Las acciones de los bancos cayeron segundos después del titular, si bien se recuperaron rápidamente.

No deben de sorprendernos los comentarios de Trump. Su principal asesor económico, Gary D. Cohn –ex presidente de Goldman Sachs–, ha estado tratando, nada discretamente, de hacer aceptable la idea de restablecer la ley Glass-Steagall, promulgada en tiempos de la depresión para evitar que se combinaran los bancos comerciales y los de inversión. La ley fue repelida en 1999, lo que permitió el surgimiento de los enormes gigantes bancarios que dominan el mercado hoy en día.

Antes de sus cavilaciones del Primero de Mayo, los pensamientos de Trump parecían más bien ejercicios teóricos, señalan quienes se han reunido con él.

Lo que sería sorprendente, empero, es que Trump los hiciera realidad. Una cosa es que quiera arruinar la ley Dodd-Frank, promulgada en el 2010 para imponer regulaciones más estrictas a los bancos a raíz de la crisis financiera: él ha declarado en repetidas ocasiones que la quiere reducir, revocando algunas de sus secciones. Pero traer de nuevo la Glass-Steagall sería un cambio sísmico, equivalente a arruinar a los bancos mismos. Los nombres más grandes de la banca se verían enfrentados a la decisión de deshacerse o de su rama de banca comercial o de la de banca de inversiones.

Cuando Trump se reunión con ejecutivos de empresas en febrero, en la Casa Blanca, él se dirigió a Jamie Dimon, director general de JPMorgan Chase, un abierto defensor de los grandes bancos, para pedirle consejo. JPMorgan Chase no existiría en su forma actual si no se hubiera revocado la Glass-Steagall en 1999.

"No hay nadie mejor para hablarme de la Dodd-Frank que Jamie, así que me va a hablar de ella", afirmó Trump en esa ocasión, para gran consternación de quienes proponen más regulaciones bancarias.

Visto desde el prisma de estimular la economía y crear empleos –como ha dicho Trump que deben de verse sus esfuerzos–, es difícil ver en qué ayudaría desmembrar a los bancos más grandes, especialmente en el corto plazo. De hecho, lo más posible es que eso tuviera el efecto contrario.

La principal queja de Trump respecto de Wall Street es que él piensa que las instituciones de crédito no están ofreciendo suficiente dinero. "Hay mucha gente, amigos míos, que tienen buenos negocios. Pero no pueden pedir prestado", afirmó. "Simplemente no pueden conseguir crédito pues lo bancos no se lo permiten, debido a las reglas y regulaciones de la Dodd-Frank".

Dado que los préstamos comerciales están en un nivel sin precedentes, según la Reserva Federal, esa es una declaración difícil de cuadrar.

Pero seamos generosos y supongamos por un momento que es correcta. Lo que es indudablemente cierto es que los grandes bancos serían mucho más conservadores con sus libros de préstamos durante cualquier transición, si estuvieran obligados a cumplir con una nueva versión de la Glass-Steagall. Tal ley le inyectaría mucha incertidumbre a la economía, como hizo en un principio la Dodd-Frank cuando los bancos apenas estaban averiguando la forma de cumplir con ella. El proceso se puso en estado de parálisis los préstamos de algunos grandes bancos.

Y si bien a los defensores de ponerle fin al concepto de "demasiado grande para quebrar" les encanta señalar que la culpable es la revocación de la Glass-Steagall, por ahora ese meme debe de haberse resuelto por sí mismo.

"No creo que la revocación de la Glass-Steagall fuera la causa de la crisis", me dijo sin rodeos Ben Bernanke, ex presidente de la Reserva Federal que no tiene vela en este entierro.

En efecto, agregó, a él le preocuparía que se restableciera la ley, pues dejaría al gobierno atado de manos en caso de que tuviera que intervenir en una crisis similar a la del 2008. "Si la Glass-Steagall hubiera estado en vigor, no se hubiera podido que algunas de las empresas quebradas fueran adquiridas", afirmó Bernanke. "JPMorgan adquirió Bear Stearns, y así sucesivamente".

Por otro lado, Neel Kashkari, presidente de la Reserva Federal de Minneapolis y es funcionario de la Tesorería que supervisó el rescate de los bancos, ha estado haciendo campaña para desmembrar los grandes bancos, preocupado de que siguen constituyendo demasiados riesgos para los contribuyentes en caso de que llegaran a fracasar.

Trump hizo sus comentarios el mismo día que, junto con su equipo, habló con unos 100 banqueros comunitarios encabezados por Cam Fine, presidente y director general de Banqueros Comunitarios Independientes de Estados Unidos. Un tema que discutieron fue la idea de un sistema de regulaciones en dos niveles, uno para los bancos grandes y otro para los comunitarios. Que esa noción se esté interpretando como una nueva versión de la Glass-Steagall o como el desmembramiento de los bancos es una pregunta sin respuesta.

Pero seamos claros: si Trump tratara de restablecer lo que durante su campaña llamó la ley Glass-Steagall, eso no evitaría la próxima crisis. Él tendría que estar convencido de que restablecer la ley animaría a la economía. Y eso es una perspectiva aun más terrible, pues significaría que firmas como Morgan Stanley, Goldman Sachs y Bank of America, que se han visto obligadas a reducir los riesgos que corren, a fin de cuentas estarían menos reguladas.

Hay muchas buenas razones para reformar la Dodd-Frank. Y hay muchas formas buenas de hacer que las regulaciones sean menos onerosas para los bancos pequeños del país, que se quejan de que están hundidos en gastos legales y regulatorios. Darles un poco de alivio efectivamente abriría aun más la llave del crédito. Pero esas dos medidas no tienen nada que ver con restablecer la Glass-Steagall.

También está por verse si el discurso de Trump en este frente se convierte en acción. La opinión prevaleciente parecer ser esta: "Prepárense para más riesgos causados por los titulares, a medida que los legisladores sigan recurriendo a la retórica anti-Wall Street… pero en su mayor parte no significará nada", afirmó Ian Katz de Capital Alpha, cuyos comentarios fueron puestos de relieve por Ben White.

Por supuesto, con Donald Trump, la opinión prevaleciente puede cambiar de un momento a otro.