• Por Augusto dos Santos
  • Periodista

Esta semana, la oposición en militancia política y en los propios medios desarrolló uno de los capítulos más curiosos de la campaña en curso: un desembozado berrinche por las muestras de unidad de los dirigentes de Añetete, cartistas y nicanoristas del Partido Colorado.

Si acabaras de llegar de cualquier República del mundo donde los partidos políticos funcionan y tienen sus internas, te llenarías de angustia tratando de entender este escenario rocambolesco: un sector en competencia electoral que reclama públicamente su angustia e iracundia porque su rival electoral pretende unirse para enfrentarlo en las elecciones.

A veces solo falta poner de cabeza una historia para comprender la dimensión de un disparate: es lo mismo que Marito o Cartes o Nicanor empezaran a llorar amargamente en los medios porque el liberalismo llega unido a las elecciones o aun peor, porque Lugo y Alegre protagonizan el "abrazo opositor".

Aquí vale preguntarse –pero es imprescindible la presencia de un sicólogo– si tiene alguna coherencia con el amor propio que un sector proteste la unidad del sector con el que se va a confrontar en los próximos comicios. Es cierto que en el presupuesto básico de un sector político puede instalarse como condición de éxito la división del sector rival, pero esas son fórmulas estratégicas que se manejan campaña para adentro y de esa manera no corroe ninguna dignidad. Solo imaginen por un momento, pasando al siempre infalible ejemplo futbolero, que el Olimpia se enfrente a Cerro Porteño y que se arme toda una manifestación en Para Uno porque el equipo de Cerro llega sin lesionados al clásico. Como dirían los millenials "es ni un chiqui ridículo".

A esta altura del comentario cualquiera estaría pensando en el retruque lógico:

-¿y la coherencia?. ¿dónde queda la coherencia de Marito y Cartes y Nicanor que estuvieron matándose a palos en la campaña electoral y ahora se abrazan?

Primero hay que considerar que conseguir coherencia pura en la política paraguaya es lamentablemente parecida a pararse frente a un tsunami y pedirle un gesto de sutileza. O pedirle encarecidamente a la serpiente cascabel que mejore un poco su imagen ante la opinión pública.

En segundo lugar llegaríamos a ese antipático momento de analizar quiénes reclaman a la ANR por su búsqueda de unidad y consideran eso una absoluta falta de coherencia.

Allí es donde recordaríamos que fueron los actuales amigos liberales del ex presidente Lugo los que una mañana temprano renunciaron a su gabinete para luego echarlo de la Presidencia –el mismo día– antes que las palomas regresen al Palacio de López para dormir su siesta. O encontraríamos que son los mismos amigos actuales del senador Lugo los que hace menos de un año, en marzo, lo acusaban de atropellar la Constitución, de tener las manos manchadas de sangre y todos los etcéteras que se desee agregar.

Y podemos dar vuelta la historia y considerarla también desde los ángulos opuestos en tal relación; en un momento unos serían las víctimas y más tarde los victimarios.

Pero también podríamos cuestionar la coherencia de la unidad por razones fundadas en las denuncias de corrupción de unos contra otros en la ANR. Y otra vez nos saltarían también en la oposición historias cruzadas de unos que se acusaron de corruptos o incluso se demandaron judicialmente y hoy comparten el mismo carro.

Además –es curioso– muchos de los que con más frecuencia mencionan la palabra corrupción como acusación en el escenario político de este país, en algún momento, cuando le tocó en suerte, supo merendarse una parte importante de lo que luego pasan a defender angelicalmente.

Lo que los paraguayos debemos reconocer es que una vez más no se pudo. No se pudo renovar ni la oposición ni el oficialismo en el nivel deseado para que pudiéramos pensar en un cambio estructural. Pedir peras al olmo oficialista u opositor es generar lo que en sicología sería un proceso de "acting out", forzar una expresión de deseo en el marco de una drástica ausencia de potencial real.

En rigor lo que nosotros tenemos que rogar como paraguayos es que por lo menos los dos próximos gobiernos consoliden un proceso de renovación de los cuadros políticos; y se activen en el poder a jóvenes con capacidades para gerenciar procesos, con conocimiento de contexto, con talento político, conocimiento del Estado y su funcionamiento y liberados del odio faccioso y patotero que nos legó la mala política, de manera que se consigan lo que en la literatura bíblica llamarían "odres nuevos".

Habría que cruzar los dedos para que los miles de jóvenes que en este proceso fueron a formarse en el exterior mediante su propia excelencia, los chicos que hoy se matan investigando en las universidades, o que generan ideas artísticas, o buscan salidas a los dramas sociales, sean una cabeza de puente para el nacimiento de un nuevo núcleo de ideas, se comprometan con la política desde diferentes partidos, ejerzan cátedras y debates, impongan soluciones para que se concrete por fin una nueva órbita política, que ya no gire alrededor de las pasiones e intereses como hoy, sino –más bien– giren de prisa para alcanzar el tren de la República 3.0, que "un poco lejos" ya se nos está yendo.

Allí sí la palabra coherencia pudiera empezar a significar algo: llenarse de contenido. Ahorita mismo suena como la empanada campaña que se vende al costado de los partidos de potrero, vacías y con pocos huevos. Salvo siempre, las honrosas excepciones.