• Por Esteban Aguirre
  • @panzolomeo

El silencio otorga, narra la conocida frase evocada por aquellos transeúntes de su propio pensar. Personas que respetan la palabra lo suficiente como para no hacer uso y abuso de ella, ¡bendita palabra!

De a poco este momentaneo lapsus de sonido –o mejor dicho ruido, tanto de audio como de imágenes– de a poco se va convirtiendo en una bendición camuflada. Pareciera que –hasta ya– empezamos a creer que la opinión no solicitada es inclusive una reflexión de estos violinistas de las redes sociales.

Si no me creen, entren a una red social como primera acción del día, antes de, inclusive, el "meo mañanero", aquel suspiro con bostezo que bendice una futura jornada con el alivio de la vejiga y el escarmiento de cualquier pesadilla que nos apuraba hasta el baño, contengan esa sensación y abran cualquier red social (sugiero Twitter por su sencillo scroll y menor uso fotográfico) y dejen que su cerebro absorba en cualquier orden en el que se presente la noticia, chisme, iracundo comentario, etcétera. Dejen que la paz de una noche de reparador sueño sea abruptamente interrumpida por este sabelotodo y soberbio pedazo de Torre de Babel y analicen la sensación general del cuerpo.

Esa mugre, que probablemente necesiten dos duchas mañaneras para sacarse de encima, es el estado en el cual está el diálogo de la sociedad. Información casi amarillista retroalimentado por reacciones pasivas (bien) agresivas. Un ciclo degenerativo que nos inspira a competir por ver quién es el que la tiene peor, quién tiene el aichinjáranga más largo y el teclado más corto.

Tomemos el caso del yrupê, por ejemplo, un claro ejemplo de correcta indignación ciudadana, analfabetismo cívico quinta a fondo, llevado a un nivel de sátira que no permite espacio de verdaderamente proponer o participar de una propuesta que genuinamente ofrezca una posible solución inmediata, una lección para no volver a repetir semejante bestialidad, un "bueno… ¿y ahora qué hacemos?". para proponer un paño frío y una gestión hacia mejorarnos como sociedad. Esa sensación de sumar y aportar a la comunidad hoy ha sido reemplazada por tirar un meme del negro de tres piernas cubriéndose con un yrupê y un #Yruporonga y el mundo sigue. Eso en algún momento debe dejar de ser el único aporte a la conversación.

Ni hablemos del estado en el cual se encuentra la conversación sobre el feminismo. Un tópico con tantos años de diligente espera hoy llevado a una competencia de comentarios. Literalmente observe a una chica inventarse una historia de tragedia por sentirse "out" de la conversación. Cuando las ganas de fama supera el miedo a la tragedia es hora de volver a analizar nuestros principios, el legado de pensamiento que vamos a dejar al mundo y la soledad con cual vivimos rodeados de gente.

Más veces que menos, cuando nos entra esa necesidad de decir todo, es mejor empezar con nada.